martes, 24 de abril de 2018

#FirstTimeAbercrombie

Cuando he querido escribir una reseña de algún libro, me ha gustado siempre darle un par de días para reposar, para que se apagase un poco la euforia (o la disforia) del momento y poder hacer una reseña más objetiva donde no solo señalase las cuestiones subjetivas que me habían gustado o disgustado, sino también los rasgos que más destacan o las carencias que más peso tienen en dicho libro. No es el dejar ocho años la novela en un cajón que decía Horacio, pero sí al menos uno o dos días para que el poso de la lectura se asiente y así poder ver con claridad lo que más sobresale de ese libro. 




El 27 de marzo (una de las maravillas de las redes sociales, que ya no hay quien tire la piedra y luego pueda esconder la mano) comencé a leer la Trilogía de la Primera Ley de Abercrombie junto a Gisela Baños sin tener del autor o de la obra más idea previa que el hecho de que pertenecía al género de lo fantástico. No conocía el argumento, no sabía qué estilo tiene el autor ni tampoco qué era el grimdark (en el último número de la revista Windumanoth hay un artículo al respecto, pero había preferido dejarlo pendiente hasta leer la trilogía para no entrar en ella con ideas previas), por lo que no tenía claro qué esperar de una obra que en tan gran estima tiene casi todo el mundo. 



A pesar de que, en teoría, la mente inicia la lectura como una tabula rasa, un lienzo en blanco, la realidad es diferente: quizá no conozcas autor u obra, pero las lecturas anteriores dentro del género han ido conformando una imagen de la fantasía con la que después la obra tendrá que corresponder; y las lecturas de otros géneros que también has realizado te cambian por dentro, y también con esa nueva disposición de ánimo tendrá que encajar el nuevo libro en tu juicio como lector. Y si no lo hace... 

Creo que esa es, en mayor o menor medida, la razón por la que mi opinión sobre Abercrombie no es tan alta como la que tiene, en general, su público. Cierto es que ha ido mejorando conforme avanzaba en la trilogía, pero no puedo considerarlo parte de los grandes del fantástico, junto con autores de la talla de Tolkien o Martin, que para mí están en lo más alto. 

El problema (mi problema) comenzó con el primer volumen de la saga, La voz de las espadas, y podríamos resumirlo en tres aspectos. 

El primero es deformación profesional pura y dura: la forma. Para que un libro salga a la luz impecable a nivel formal hace falta un buen repaso de corrección ortotipográfica y de estilo y, en caso de autores extranjeros, una buena traducción. De este modo, tenemos tres estadios que deben funcionar correctamente: autor-traductor-corrector, antes de que el libro llegue a manos de su público. Es difícil detectar en qué punto de esa tríada se producen los fallos cuando la forma en que recibimos un texto no es la correcta, pero hay elementos que destacan con claridad: comas que faltan, tildes mal puestas (o ausentes), léxico repetido en un mismo párrafo, estructuras idénticas que se repiten (y no porque busquen un efecto retórico, sino por error)... A mí estas cosas me sacan de la lectura, me obligan a leer más despacio y a fijarme más en las erratas y errores que en la historia que me venden, y por eso me cuesta comprarla. 

El segundo aspecto peliagudo -insisto, para mí- es la construcción de los personajes. Hablando con algún fan del autor, este es uno de los puntos fuertes que me destacaban: personajes potentes, atractivos, con carisma, que emiten frases lapidarias y cuyas voces resuenan con verosimilitud. Pues no lo veo. Lo siento, pero no consigo verlo en absoluto. Todos los personajes que aparecen en la novela son absolutamente predecibles. Sus actos corresponden a clichés y sus acciones y reacciones no se salen de lo esperable en su situación. Por ejemplo, Jezal dan Luthar. "Hola, soy el sexyguapo hijo de un noble con dinero para hacer lo que me de la gana, sobrado, malcriado y chulo, que lo único que quiere es vivir la vida muelle. Alguien decide que tengo que llegar más alto y me empieza a exigir esfuerzo y yo lo único que hago es llorar porque se me estropea la manicura. Pero eh, en cuanto alguien me dice que tengo razón, que lo mejor es no hacer ese esfuerzo (psicología inversa nivel 2º Ed. infantil), decido que lo voy a hacer, claro que sí, y que es una decisión mía además (¿en serio? ¿EN SERIO?). Y cuando me sacan de casa y de mis borracheras y mis timbas de póker, cuando llego al mundo real a los caminos y a la lluvia, me pongo a llorar otra vez porque vaya gente más mala, porque estoy cansado, hace frío y tengo hambre (teenager total)". Y, para no hacer spoilers, cuando el carácter del personaje empieza a cambiar en el tercer libro, lo hace como debe: tonto, idealista y fácilmente manipulable y pusilánime. Ninguna sorpresa. 

Los personajes responden a arquetipos fáciles de definir. Sand dan Glokta: el gran guerrero caído que solo sabe que compadecerse de sí mismo. Logen Nuevededos: que quiere huir de su pasado y de su apodo, pero ambos son más rápidos. Ferro: la esclava que odia al amo y solo piensa en morderle la mano y no es capaz de superar el ansia de venganza aunque la está destruyendo y sabe que eso no es lo que quiere. 

Eso no son personajes fuertes, más bien al contrario. Se aprecia una debilidad moral que los hace, más bien, despreciables (cierto, como en la vida real. De eso va el grimdark, ¿no?), pero también predecibles, y le resta interés a la historia. 

Y no quiero abundar más en la historia de los personajes, que me ha resultado similar estructuralmente en todos los casos, porque el tercer aspecto de las novelas que me ha fallado estrepitosamente está relacionado con esto, y es que son los personajes femeninos. O, más bien, la falta de ellos. 

Nunca me ha preocupado en exceso si en una novela había o no personajes femeninos o cómo eran estos, lo reconozco. Sin embargo, durante este último año (y mis años van de septiembre a septiembre), por casualidades de la vida, he entrado de lleno en reflexiones sobre literatura y feminismo que, aparentemente y de forma bastante inconsciente, han modificado la forma de enfocar mis lecturas. Desde enero de 2018 llevo la cuenta de las lecturas que hago aquí, pero toda esta historia debió de empezar en el #leoautoras de octubre

El hecho de haber leído tantas obras escritas por mujeres, tantas reflexiones de mujeres sobre la creación literaria y sobre la ausencia de personajes femeninos en las obras literarias y/o cinematográficas (en general, artísticas), y tanta queja sobre la construcción estereotipada de personajes femeninos en los mismos ámbitos (test de Bechdel, por ej.), ha hecho que cambie mi forma de ver las cosas y que me enfrente a los textos de un modo mucho más crítico. Como decía, no es algo consciente, y me he dado cuenta al leer el primer volumen de esta trilogía de Abercrombie. Viniendo de leer, por ejemplo, Las estrellas son legión o El largo viaje a un pequeño planeta iracundo en cifi, o La corte de los espejos en fantasía, me encontré en torno a la página 100 pensando cuándo coño iba a aparecer alguna mujer en estas novelas. Una, aunque fuera. Llegó Ardee, y con sus diálogos inteligentes y su desprecio al adolescente emo de Jezal tuve esperanzas, pero se limitó a ser una motivación secundaria para el personaje masculino y desapareció poco después. Además de ella, aparecen tres mujeres más con nombre propio: Ferro, de quien ya he hablado, la Reina y la Bruja, y estas dos tienen un papel marginal y apenas esbozado. 

En algún lugar he leído en estos meses que, al crear un universo fantástico, sea de corte medieval o del que nos de la gana usar como trasfondo, la libertad para inventarlo es absoluta. ¿Tenemos que crear una sociedad masculina, patriarcal, machista y opresora? Podemos hacerlo, por supuesto. ¿Aporta algo? En absoluto. Para muestra, un botón: para mí, como mujer, estos libros han pasado sin pena ni gloria por mis manos. Ni me he sentido identificada con personaje alguno ni me ha preocupado en exceso la muerte de nadie, porque la empatía con ellos y su mundo se reducía a cero. Y al final, aunque me cueste decirlo, me queda la sensación de que es una trilogía escrita por hombres y para hombres, que perpetúa la parte negativa de este mundo en el que vivimos y que tanto estamos luchando por cambiar. 

Nunca he querido convertir la literatura en un panfleto, nada más lejos de mi intención, pero inevitablemente se convierte siempre en un modelo para el lector, un punto de disfrute que siempre le dejará una enseñanza, y la imagen que de la mujer transmite la Primera Ley es... lamentable. 

Probablemente mi opinión haya quedado un poco descafeinada, acháquenselo a la "neurona de embarazada" que hace que tanto me cueste concentrarme ahora mismo, pero lo básico espero que quede claro. Con un universo tan similar al nuestro, con unos políticos penosos y una crítica a la hipocresía y a la falta de moral tan potente y tan vigente hoy en día, me apena que quede tan desaprovechado, pero a mí no ha podido llegar. Quizás en el futuro les de un tiento a sus otras novelas, pero, por ahora, vamos a cambiar de tercio. 

S. 

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