sábado, 13 de enero de 2018

Reseñas de continente y Reseñas de contenido

Como no soy una tableta de delicioso turrón, vuelvo después de Navidad. Mi intención había sido regresar antes, y llevo, de hecho, con esta entrada en mente desde hace varias semanas, pero las circunstancias han sido inclementes y me han mantenido lejos de las teclas contra mi voluntad. Entre ellas, cabe destacar que mi ordenador ha muerto. Por suerte, cuando ya había conseguido sacar casi todos los archivos importantes (aunque algunos se hayan quedado por el camino); por desgracia, de manera bastante fatal, y ahora solo funciona en la buhardilla enchufado a la red por cable, y allí hace mucho frío. He tardado unos días en recuperar un viejo portátil, adecentarlo e instalarle un par de programas básicos, así que, por fin, aquí estamos.

Y para encabezar la entrada del blog he elegido un título que, a priori, puede resultar extraño: Reseñas de continente y Reseñas de contenido. Tradicionalmente, la separación entre tipos de reseñas de la que siempre he oído hablar es la de reseñas de divulgación/opinión y reseñas académicas. Las primeras las puede escribir cualquier lector, bien sea especializado o bien amateur, y tienen como finalidad expresar la opinión que merece un libro tras su lectura, sea esta buena o mala. Las segundas, más que aportar una opinión (aunque debieran), tienden a hacer un repaso por la estructura y contenido del texto en cuestión, señalando algún punto fuerte y alguno débil, pero sin meterse en los berenjenales de la calidad literaria o investigadora, que eso gana muchos enemigos. La crítica que se hace a estas reseñas, precisamente la de su falta de implicación, es lo que me dieron a mí como consejo cuando tuve que escribir alguna: no te mojes. 

Sin embargo, lejos de esa distinción y sin querer sentar cátedra en cuestiones de terminología, al terminar de leer dos libros que gané en un sorteo en Twitter (gracias, Runas :D), me vino a la mente otra diferente al plantearme cómo podría hablar del primero en el blog. 

Curiosamente, y casi sin pretenderlo, todo lo que llevo leído en lo que va de año (que no es mucho, cierto es) ha salido de la pluma de diferentes autoras, y cada libro pertenece, además, a un género distinto. 

Resultado de imagen de detrás de sus ojosEl primero fue Detrás de sus ojos, de Sarah Pinborough, traducido por Pilar Ramírez Tello y editado por Runas, la colección de género fantástico de Alianza. No me gusta ponerles etiquetas a los libros, pero quizá yo le pegaría la de 'thriller psicológico'. 

Lo terminé en un tiempo récord. Llegó con Papá Noel y al día siguiente por la noche ya me lo había acabado (ps..., es un poco trampa, me lo leí el año pasado...), y tan pronto lo cerré sentí la irreprimible necesidad de hablar con alguien sobre el libro. Que se lo hubiera leído, por supuesto, porque es una novela de la que no se puede decir nada sin arriesgarse a estropearla. 

¿Cómo reseñas una novela así? ¿Cómo hablas de ella en el blog, en el facebook, en la cola de la pescadería, si no puedes soltar ni un pedacito de su contenido porque podrías dejar una pequeña pista que el futurible lector use para descifrar el enigma entre sus páginas?

Sobra decir que me encantó. Me atrapó, me enganchó con una prosa fácil y un ritmo intenso, con unos personajes cercanos y verosímiles y con un imperceptible camino de miguitas de pan que aparecían en cada capítulo y te obligaban a leer sin parar (cierto es, dormí muy poco). Pero no sabía cómo hablar de él sin desvelar nada. 

De ahí surgió ese primer término, las reseñas de continente. Si no puedo hablar de lo que pasa, hablaré de cómo pasa. Porque una de las características de la novela que más me llamaron la atención fue la forma en que estaba escrito. Desde hace tiempo ya (y más con el aplastante éxito de Martin y CDHYF) nos hemos acostumbrado a las novelas narradas desde distintos puntos de vista. La teoría nos dice que, para que funcionen, el personaje debe tener su propia voz. Algunos autores lo solventan poniendo el nombre del personaje que preside el capítulo al comienzo de este, pero en Detrás de sus ojos no habría hecho casi falta, pues el carácter de sus protagonistas se trasluce en sus propias palabras y en la voz del narrador en primera persona. Este cambio de uno a otro (de una a otra, más bien) va haciendo avanzar una trama cuyo final había anticipado desde casi el mitad de la novela. SLÑJERQWÑE. Y hasta ahí puedo leer. 

Me ha apasionado. Me enganchó y me hizo devorarla a riesgo de pasar mucho sueño en medio de fiestas y visitas familiares, pero no podía quedarme así. La voy a regalar y la quiero recomendar, porque es una novela que merece ser leída sin saber nada de antemano. Cero ideas, cero prejuicios. Tan solo un sofá (o el suelo, da lo mismo), tú y el libro. 

Resultado de imagen de las estrellas son legiónLa segunda novela, y de ahí el segundo título, es Las estrellas son legión, de Kameron Hurley, traducido por Alexander Páez y publicado en la misma editorial. Con este rompí una de mis reglas: no dejar un libro a medias. Lo llevo fatal, en serio. Pero a veces hay que hacer caso al cuerpo o no se disfrutará igual de la lectura. Llevaba apenas seis u ocho páginas, pero me había tocado releerlas varias veces porque no me concentraba, y mi cerebro no hacía más que obligarme a mirar al libro en la estantería, al libro en la balda y, finalmente, al libro en el sillón. Y tuve que leerlo. 

Sin embargo, me costó. No es tanto la forma como el contenido lo que me hizo cuesta arriba la lectura en un comienzo. Intercambié varios comentarios con el traductor mientras leía, y creo que en cuestión lingüística ha hecho un trabajo excelente al trasladar el mundo de Katazyrna, el Mokshi y compañía a nuestra lengua, pero el contenido de la novela, el escenario en el que se mueven los personajes, está tan absolutamente alejado de nuestra realidad que no existen elementos referenciales a los que nos podamos asir para sentirnos identificados. 

Las descripciones de las naves-mundo, de ese interior bio-tecnológico, con las criaturas extrañas que lo pueblan, me recordaban al principio a un montón de Samsas correteando por la habitación, y yo soy un poco especial con eso de los bichos. Para mí esa lejanía referencial fue la dificultad principal a la hora de engancharme a la novela. Pero todo eso cambió en torno a la página 100. No soy una lectora habitual de ciencia ficción, por lo que supongo que ese fue el momento en que asimilé la naturaleza del mundo en el que me movía, y después de eso la novela me duró otro suspiro. Triste de mí, también preví el final. Estoy condenada a autospoilearme. Pero no le quitó valor a una novela que me ha sorprendido y cautivado a partes iguales. 

Esta, a diferencia de la anterior, creo que viene revestida por un contenido mucho más filosófico, por unas reflexiones que buscan (re)(con)mover al lector, y no creo que todo el mundo sea capaz de disfrutarla al mismo nivel. El hecho, por ejemplo, de que sea una novela donde no aparece ni un solo hombre probablemente aparte de ella a quien sea incapaz de dejar de mirar los árboles para ver el bosque. Pero no puedo dejar de recomendarla. Leedla, abrid vuestra mente y dejad que los tentáculos de las naves-mundo os arrastren a sus profundidades. Olvidad las leyes de la física y todo lo que conocemos sobre nuestra realidad y bucead entre sus páginas. Merece la pena. 

Como se puede apreciar, se trata de dos novelas muy diferentes entre sí. En ambas son esenciales fondo y forma, pero de la primera me niego a hablar sin que la hayáis leído antes y de la segunda quiero destacar la creación de un mundo casi imposible de imaginar, pero coherente y fuerte en sí mismo. 

Leedlas, en serio. 

S. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Gaiman, regalo y estreno

Hay novelas que, una vez leídas, no te permiten hablar de ellas. Suavemente colocan un sello en tus labios, entrelazan tus dedos y te piden con amabilidad que abras otra solapa, te sumerjas en otras palabras y guardes para ti lo que has leído. 

Hace algún tiempo me llegó a casa un paquete de remitente desconocido (gracias, amiga :), ahora sé quién eres) con libros de diferente factura. Uno de ellos El océano al final del camino, de Neil Gaiman. Nunca he leído nada suyo, pero de la neblina del pasado me llegaban ecos de esa portada, de haber quedado intrigada y cautivada por ella, allá antaño maricastaño cuando reseñaba en Fantasymundo. En su día lo reseñó mi mentor en aquella web, y con el tiempo la noción de haberlo querido se difuminó y desapareció en la estresante vida de los adultos. 

Hasta ayer. Quería ver una película, detrás de la cual llevo varias semanas y que pensé, erróneamente, que tenía. Quería hablar con mi hermana, pero la red no funcionaba y hacía imposible la comunicación. Y a eso de las 12, la hora bruja, cansada y aburrida, cogí el único libro que me quedaba por leer aquí abajo y lo empecé. 

Lo he terminado por la mañana porque ya anoche percibí cuál era su naturaleza. No es un torrente. Ni un estanque-océano. Recuerda al remanso tranquilo de un riachuelo de aguas claras, rodeado de mullido césped lustroso, donde reposa un niño enfermo, que no se puede mover y aguarda en silencio el final. 

Es triste, y bonito. Bonito y triste. Tan íntimo que me recuerda a la delicadeza de La música del silencio, de Rothfuss. No sabía qué escribe Gaiman, pero esto no lo habría esperado. No habría sido capaz de describirlo. Porque hay libros que no quieren ser hablados. Solo leídos, y después guardados en la caja de los recuerdos. 

S. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Metáforas acuáticas de mentes cansadas

Hablaba ayer (en mi vuelta de Portugal a lomos del Guadiana) sobre la lectura y lo diferentes que son entre sí algunos libros, y venía a mi mente una metáfora que lo explicaba muy bien. Lo retrataba, en realidad. Como decía Horacio, ut pictura poiesis, y ¿qué otra cosa es una metáfora que una imagen en palabras?

Los libros son, a veces, como el agua. Muerte en el Sena, que terminé ayer, es un río tranquilo. Discurre por una llanura soleada, probablemente cerca de un parque, pero no infantil, sino con bancos de hierro forjado y una pérgola. Con señores mayores y señoras mayores que se sientan juntos, pero separados, y que sacan de su bolso un pequeño tesoro de pan duro que dan a los patos mientras ven la vida pasar. 

Disforia, de Jasso, podría ser como su propia portada, como su historia: un río helado, con la superficie quebradiza y opacada por una capa de escarcha y nieve muerta, bajo la cual el agua bulle enfervecida y arrastra todo lo que lleva a su paso. No permite la vida, la ahoga y la oprime, y solo al final permite un respiro allá hacia donde las nubes dejan entrever algún claro de sol. 

Hoy me he terminado La vidente, de Lars Kepler (pseudónimo de un matrimonio sueco adorable), y es un auténtico torrente. Ayer lo empecé, empachada de letras después de una tarde de lectura, y me arrastró con la fuerza de un tifón. Solo podía bracear y ahogarme entre sus páginas, y al mismo tiempo deseaba que me llevase, y me dejaba llevar. 

Echaba de menos un libro torrente. De esos que te atrapa y te deja sin respiración, de los que te obligan a olvidarte de la comida, del baño y del resto del mundo. Adoro leer, y lo echaba de menos, pero a veces necesito un libro así para que me rescate de la normalidad y me devuelva al vicio que llevo dentro. Si hay un infierno para quienes ignoran a familia y amigos por leer, ahí estaré yo. 

De momento cruzo los dedos y agito mi trébol de cuatro hojas. En breves subiré a la buhardilla a buscar otra víctima de mi ansia lectora, y espero no encontrarme con una ciénaga putrefacta. Hace mucho que no me pierdo en una de esas y espero tardar mucho tiempo en descubrir alguna. Quiero más Keplers en mi vida. 


Bonus track: como curiosidad, hace tiempo que vengo notando de forma inconsciente en las lecturas cuándo se describe el físico de los personajes (y cuándo no), y sobre todo cuándo se hace de forma gratuita y cuándo es una exigencia de la trama. En Muerte en el Sena, nunca se menciona la edad concreta de las protagonistas, aunque por los datos sobre su vida (una es policía jubilada y la otra, stripper) podemos hacernos una imagen mental de su edad y posible aspecto, y es solo en un momento de la novela cuando, en boca de un personaje que habla por teléfono, hace alusión a la protagonista en una conversación entrecortada y obtenemos un dato, mínimo, sobre su físico. En el caso de La vidente, el narrador es mucho más tradicional y nos da muchos datos sobre el aspecto de los personajes y, de hecho, me he descubierto sonriendo (lo admito, con condescendencia) al leer que el viento hace volar la americana de Joona Linna dejando ver sus músculos. Dos veces. En este caso, aparte de la obviedad de que el aspecto de Joona me da lo mismo porque lo que me interesa es su supercapacidad de ver en las escenas del crimen y de resolverlos, me surge una duda muy curiosa. Dado que las novelas son escritas por el matrimonio (marido y mujer), ¿quién hace tanto hincapié en los músculos de mi amigo Joona? ¿Es el marido, pensando que es un guiño atractivo para el público femenino? ¿Es la mujer, cayendo en el cliché del varón valiente y fuertote? ¿Es una tercera opción que no se me ocurre? Adoro que mi cerebro trabaje en segundo plano, a veces le surgen dudas existenciales como estas. Para una entrevista futura ya sé qué preguntarles :)


S. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

De lecturas y diferencias vitales

Hace muchos, muchos años, entrenando aún en mi primer gimnasio, a un compañero le dijeron que "iba y venía como el Guadiana". A mí, en aquel momento, me sonó a chino (algo raro, porque el aikido es japonés, pero nunca sabe una), y no fue hasta tiempo después cuando mi señor marido, que viene de tierras extremeñas, me explicó que ese refrán tiene su razón de ser en que el río Guadiana se esconde y se muestra a lo largo de su curso. Que hay una especie de tragaderas que lo esconden y lo llevan más allá de la frontera con Portugal para volver, a cierta distancia, a tierras patrias. Además de ser algo peligroso, porque a quien se lo traga un agujero de esos no se lo vuelve a ver, es un rasgo que explica aquel refrán que oí una vez. Aquí siempre se ha dicho que se viene "de Pascuas a Ramos", pero me gusta mucho más la metáfora fluvial de los extremeños. 

Esto se me podría aplicar a mí. Siempre me levanto con firmes y loables propósitos de escribir, de actualizar, de colgar nuevas entradas cada poco tiempo y de exprimirme la masa encefálica esta que tengo entre hueso y hueso para que mi exiguo contador de lectores no empiece a mostrarse en negativo. Pero las intenciones se las lleva el viento, y ahora que tengo tiempo el principal problema viene a ser que guardo el azúcar en el frigo, la nata en el microondas y echo el agua en el vaso de la comida de mi perra. Así que, cuando no es por una es por otra, en el blog corren más plantas rodadoras que en el terrible oeste americano. 

Hoy, sin embargo, se me debe de haber destaponado una oreja porque noto cómo se me escapa la inspiración y me escurre por el brazo hasta la punta de los dedos, y aquí me hallo: contando una pequeña anécdota literaria para no terminar este libro, que me ha durado solo un suspiro. 

En los últimos días he leído dos libros que no podrían ser más diferentes. El primero lo compré en la segunda Cylcon, y además me lo llevé firmado. El segundo, en el mercadillo dominical, probablemente a un euro, porque una de mis alumnamigas me dijo que lo mencionaban en La joven ahogada (y todo el mundo sabe que ese libro es un must para mí). Aún no he terminado el segundo, pero, aunque estoy enganchada y tengo ganas de desvelar la trama, me deja una sensación agridulce, y me atrae mucho más esta reflexión que despedirlo dignamente. 

Disforia, de David Jasso, publicado en Valdemar, ha pasado un año alejado de sus hermanitos literarios y desterrado en la habitación de invitados porque quería tenerlo cerca de mí para leerlo, pero no ha sido hasta ahora cuando he encontrado el momento para hacerlo. Lo abrí sin saber bien qué esperar de él y me sacudió como una descarga. 

Inciso: últimamente, cada vez que veo un trailer y después su correspondiente película, descubro que se me ha jodido la experiencia porque, con la de metraje que aparece en los distintos trailers y mi intuición, poca cosa me sorprende en el cine/tele. Me ha pasado varias veces y es profundamente decepcionante. Ya no quiero ver trailers, y eso que me gustaba. Deberían despertar interés, y no destripar el argumento. Llegada a esa conclusión, ni me molesto en leer sinopsis. Si me gusta la portada y lo recomienda gente en cuyo criterio confío, me lo leo. Salvo que esté en mi pila de libros, ahí me fío solo de instinto. Fin del inciso. 

Como decía, al empezar a leer Disforia, me sorprendió. Por todo: argumento, técnica, estilo, desarrollo, personajes... Creo que de Jasso he leído algún relato, aunque ahora no le pongo título, pero recuerdo que me cautivó. Y el hechizo terminó de formularse en el Festival Niebla de Salamanca, escuchándole hablar de literatura y cine de terror, y en la Cylcon, sobre algo similar. Me pareció un autor, un escritor-creador, con vastísimos conocimientos y una forma de pensar y de enfrentarse a la literatura y al cine similar a la mía, y eso se traduce en una creación de ambientes y personajes impecable. 

Página a página me vi inmersa en una novela absorbente e inquietante que, curiosamente, me recordó, y desde entonces he pensado mucho en ello, a algo que estoy escribiendo ahora mismo. No he sido capaz de leer la novela sin bucear en el entramado de su creación, pensando en qué se basaría para esto, si tendrá experiencia para contar aquello, y aun así, la he disfrutado como una perra. Estoy deseando leer más cosas suyas. 

Esa novela es por completo distinta de la que estoy leyendo ahora. Muerte en el sena, de Dominique Sylvain (SUMA). Se trata de una novela policíaca, cuya trama parte del hallazgo del cuerpo de una mujer en el Sena y se va complicando hasta llevarnos, en parte, a las profundidades marinas de Indonesia. Creo que no es el libro de mi vida, ni de lejos, pero los personajes son curiosos, muy creíbles, y los giros del argumento, aunque no demasiado sorprendentes, son interesantes. 

Inciso 2: Cuando estudiaba Teoría de la literatura, en una de las asignaturas, no recuerdo en cuál (y los apuntes están en el disco duro -lejos- o en la buhardilla -más lejos-, así que no voy a buscarlos), hablábamos de la experiencia lectora. Según la formación, se distinguían distintas formas de enfrentarse a un libro. Quien no ha estudiado el hecho literario, el lenguaje, los géneros, leerá un libro con la mente más blanca, más vacía, y lo disfrutará de forma más pura. Quien, por el contrario, ha decidido meterse en ese brete, descubrirá que, al leer, no será capaz de olvidarse de la coherencia interna, de los saltos temporales, de las etiquetas, de las clasificaciones, teorías, construcción, lenguaje, etc. (De la ortografía ya ni hablo. Soy jodidamente incapaz de quedarme dentro de una novela si me encuentro una falta, que parece que voy a la caza. Y no, no es gracioso). El lector formado disfrutará de la lectura más, porque sabrá apreciar lo que hay tras ella, tras la creación, pero también menos, precisamente porque su mente irá a otras cosas más allá del mero disfrute. Fin del inciso 2.

Quizá lo que más me atrae de esta novela es, precisamente, su construcción. El caso no está mal, pero me he visto todo CSI Las Vegas y todo Castle, enteros, así que esperaría algo más de tensión. Pero la forma de narrar, el cambio de tercio, la vuelta de tuerca a la mitad de la novela, los pequeños misterios y la capacidad de la autora de llenar el libro de capullos, eso me gusta. Tengo ganas de terminarla, pero también me está gustando paladear cada página en silencio. Es como un café solo, denso, cargado, muy dulce, del que disfruto cada trago porque no habrá otro como ese próximamente, aunque no sea el mejor que haya bebido. 

Así que voy a continuar leyendo. Me resultó curiosa la comparación de estas dos obras por lo diferente, y quería compartirlo. Y echo de menos el café. Café, café, café. De tres en tres. Pronto encargaré mis reyes, este año quiero libros, y me gustaría alguna recomendación inesperada, libros como este, que llegó por casualidad, sin saber ni de qué iba. Pero que me gusten. No vaya a ser que me asuste y termine en Portugal otra vez, como el Guadiana. 

S. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Día de las escritoras 2017 - La joven ahogada

El año pasado fue el primero en el que se celebró el Día de las escritoras en un intento de visibilizar la labor literaria de creación de la mujer. Para mí, este año, se une al movimiento #leoautorasoct, del que ya hemos hablado, y quiero aprovechar la coyuntura para recomendar a todo el mundo esta novela. 

La Editorial Valdemar publicó en 2014 La joven ahogada, una novela escrita por Caitlín R. Kiernan y merecedora en 2012 de los premios BramStoker y James Tiptree Jr. La compré en la Librería Gigamesh en diciembre de 2014, cuando fuimos a la ciudad condal para hablar de dragones, y recuerdo hacerlo porque la portada me cautivó. Y no es la primera vez que me pasa

Volvíamos en avión, así que compré todo lo que pude encajar en las maletas, pero no leí el libro hasta tiempo después, cuando ya daba clase en la Enseñanza Media. 

Me cautivó. Si tuviese que buscar palabras para hablar de su lectura, pensaría sin duda en hechizante, arrebatadora, delicada, mágica. La joven ahogada es una novela que ahonda en la psique humana y que atrapa entre sus páginas. 

Además de a mí, enamoró a mi cuñada, a mi madre, a dos de mis alumnas, y no me cabe duda de que sigue haciéndolo. Es una novela de la que no se puede hablar, hay que leerla, vivirla. Por eso, cuando subí a revisar mi estantería para buscar novelas escritas por mujeres, esta fue la primera que saltó a mi vista. 

Solo puedo decir eso: leedla. Y gracias a Valdemar por traérnosla :) 


lunes, 9 de octubre de 2017

Videojuegos, educación e infancia: las consolas no son niñeras.

No hace mucho contaba en Twitter que, durante una idílica tarde de juegos en el jardín en casa de mis vecinos, estando su Mamá hablando con una Amigui y los pequeños (aprox. 6 y 11) jugando con dos niñitas, a mi salón llegó el griterío y, de entre el resto de voces, escuché la del niño mayor (11, repito) invitando a sus amiguitas de similar edad a "jugar al GTA". Mi cara, entonces, fue un poema. 

Quien me conoce sabe bien que soy una gran fan del mundo del videojuego. Mi primera consola llegó a casa como regalo cuando tenía unos seis años, y desde entonces solo he parado de jugar durante los primeros años de universidad, pues entre la(s) carrera(s), la(s) escuela(s) de idiomas y el gimnasio no conseguía dar a basto. Y después, cuando aprobé la oposición, compré mi primera xbox y mi tele para jugar en pareja

Esta última cuestión, para mí, es algo clave, y es que yo soy, eminentemente, una jugadora social. Cuando era pequeña, a la consola jugábamos en familia. Jugaba con mi madre, con mis padres, con mi hermana y mis padres... Teníamos una libreta de récords y nos íbamos turnando el mando cívicamente y animábamos a los otros cuando jugaban. Además, cada uno elegía juego en su turno y todos jugábamos hasta que se acababan las vidas. Algunos de mis mejores recuerdos nos incluyen a mi madre y a mí pasándonos el Super Mario 1 o el Super Mario 3 entre las dos (porque no había botón de guardar), siguiendo las instrucciones de la libretilla que habían escrito ella y mi padre y que nos decían por qué tubos entrar y qué camino seguir en el laberinto de la pantalla 4-4. O jugando con ella al Joust, "al de los pajarracos esos" (solo de mayor me he dado cuenta de que los bichos voladores que tenían un pico largo no eran tal, sino caballeros que justaban, y de ahí el nombre) o a muchos otros juegos que patrocinaron las alegrías de mi infancia. 

Tanto fue esto así que, cuando llegué a la adolescencia, no sabía jugar sola a la consola. A mi hermana le regalaron una Play 2, pero solo me apetecía jugar cuando estábamos las dos juntas. Cogía el mando para echar un rato sola, pero me aburría en cuestión de minutos. Años después, cuándo mis amigos me descubrieron el League of Legends, se me abrió el paraíso, pero solo consentía en jugar cuando éramos equipo completo. Cuando podía jugar con ellos. Tuve que enganchar a toda la gente de mi alrededor para tener más opciones de juego, y aun así nunca llegué a ser nivel 30 porque no quería jugar sola. 

Solo he encontrado contadas excepciones a este hábito videojueguil. Existen ciertos juegos que no permiten el juego en plataforma multijugador, por lo que solamente se puede jugar de uno en uno. La separación por pantallas, además (juegos de plataformas), no es tan clara como en estos juegos de generaciones anteriores, por lo que turnarse es cada vez más difícil. Precisamente por eso estas opciones no suelen atraerme, pero hay alguna que saca el alma individualista que hay en mí. Ya venía del PC mi adoración por el Plantas contra Zombies, al que mi madre tardó en engancharse lo que tardé en explicarle cómo se jugaba, pero no fue hasta la llegada del nuevo Tomb Raider cuando desarrollé de nuevo el hábito de jugar sola. 

Me sigue costando: cuando me apetece jugar a la consola, lo que quiero es coincidir con amigos y hacer carreras de coches en el GTA, hordas o enfrentamiento en el Gears of War, campaña en cooperativo en este último... Pero también he aprendido a sumergirme en la adictiva nueva historia de Lara y a disfrutar de la experiencia en solitario. 

Todo esto podría ser un rollo de abuelita cebolleta, pero viene justificado por dos cuestiones. La primera, mi defensa de los videojuegos en la educación y en la infancia. Personalmente creo que jugar a videojuegos durante la infancia y adolescencia es positivo para el desarrollo cognitivo y físico de las habilidades de los niños. La necesidad de coordinar vista, mano derecha y mano izquierda para conseguir los objetivos del juego ayudan al desarrollo psicomotriz de los niños, al mismo tiempo que espolean la imaginación y crean un pasatiempo positivo que entretiene, enseña y divierte a partes iguales. Esto, además, no tiene por qué ser una rémora a la hora de obtener un rendimiento académico positivo o social, y esto me lleva al segundo punto. 

La segunda cuestión a la que quería llegar, al hilo de la invitación de mi vecino a sus amiguitas de jugar al GTA, es que las consolas no son niñeras (ni la tele, ni el móvil, ni el ordenador...). Creo que los videojuegos son algo positivo durante la infancia y, de hecho, cuando tenga niños y llegue el momento adecuado, les enseñaré a jugar, pero conmigo. Ni se puede ni se debe considerar la televisión o la videoconsola un sustituto de la vigilancia y la guía paternas. Nos preocupamos por la educación que recibirán nuestros hijos en la escuela, nos rasgamos las vestiduras cuando no nos gustan las compañías de los hijos y entramos en discusiones que no podemos ganar, pero después les enchufamos a la consola o a la tele y nos da igual qué vean o a qué jueguen. 

El GTA, al que se fueron a jugar mi vecino de 11 años y su amiga, y estoy casi segura de que se llevaron como público a los pequeños, de unos 6 años, es un juego recomendado para mayores de 18 años por su alto contenido sexual y de violencia (algunas recompensas se obtienen por matar jugadores), por lo que de ningún modo tendrían que estar jugando niños de esa edad (ni algunos años mayores). Y desgraciadamente no es un caso aislado. En mi primer año de profesora de instituto, una de mis alumnas de 1º de ESO me dijo que el GTA era su juego favorito. 12 años. 

En la Barcelona Games Week, Blissy se quejaba en Twitter de que el domingo, día familiar, había numerosas familias con niños probando juegos que tenían claramente indicado que no eran aptos para menores y que, al indicárselo, les daba igual. 


Si los niños juegan al GTA con 12 años y con 12 años ven el mundo del sexo, de la droga, de la violencia, lo entenderán con su mente de 12 años, y no serán capaces de discernir qué es bueno y qué no, qué es ficción y qué no, porque no han tenido a su lado a ningún adulto que se lo enseñase. Si con 12 años los niños aprenden que, para divertirse, tienen que jugar solos, cuando tengan 15, 16, querrán seguir jugando solos y no serán capaces de entender que la videoconsola es una opción más de ocio. Y tampoco serán capaces de separar obligación y tiempo libre, y no entenderán que a veces, aunque no te apetezca, debes estudiar/trabajar/hacer deberes y no jugar a la consola. Y llegarán los lamentos y castigos y el "qué malas son las videoconsolas y la industria de los videojuegos". 

Este desinterés de los padres en la educación de los hijos es lo que, a la larga, genera problemas. Jugar a videojuegos de niños está bien, pero con supervisión. Vigilad los juegos, ojo con la edad recomendada para videojuegos (y películas, que hemos visto a niños en el cine viendo Deadpool o La fiesta de las salchichas, y no puedo pensar en nada que sea menos para niños que eso), y recordad: a un niño hay que educarlo. Sin la guía de un adulto, su referencia del mundo real se retorcerá y convertirá en algo malogrado de lo que después tendremos que lamentarnos. 

Recordad, papis: Las videoconsolas no son niñeras. 

S.

martes, 3 de octubre de 2017

#LeoAutorasOct

Hace un año descubrí una iniciativa muy interesante en la que se proponía leer únicamente autoras durante el mes de octubre como forma de visibilizar la creación (en este caso, literaria) femenina ante la abrumadora diferencia numérica de las publicaciones existentes de autores y autoras. Este año la iniciativa estrena página web (aquí), aunque podéis encontrar a todo aquel que participe en las redes sociales bajo el hashtag #LeoAutorasOct

Como el octubre pasado no tuve la oportunidad ni el tiempo suficiente para leer lo que quisiese fuera del trabajo y este año tengo la suerte de poder elegir, he decidido unirme a la iniciativa :D Quiero ser realista, así que voy a optar por priorizar a la hora de leer un par de libros escritos por mujeres (por un lado, Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que me regaló hace poquito una buena amiga; y por otro, los dos últimos libros que me quedan de la saga de novelas de Gears of war de Karen Traviss, que me traje de Irlanda hace casi dos años), y voy a recomendaros unos cuantos más que he leído en los últimos años y que me han encantado. Entre estos, he elegido cuatro autoras internacionales y una autora nacional, porque en este campo patrio tengo muchas carencias que espero solventar próximamente. De estas recomendaciones os hablaré durante el mes en el blog y, además, iré rescatando otras noticias de autoras que siempre es importante conocer. 


Además, quienes controlen del mundo de los videojuegos verán a la nueva Lara Croft ahí sujetándome los libros, y es que espero también poder pasarme la última entrega del reboot de la saga, que me está esperando desde hace tiempo. 

#LeoAutorasOct

S.