jueves, 5 de abril de 2018

Píldoras gramaticales II. La coma del vocativo

Si tuviese que elegir un título menos claro -pero más poético- para esta entrada, escogería "Hilando fino", porque este es un error muy, muy habitual en la escritura (y en la literatura) y, al mismo tiempo, uno muy difícil de detectar. He llegado incluso a leer publicaciones de gente que se dedica a la docencia (bien general, bien específica de lengua española o de creación literaria) o a la corrección (ortotipográfica) que incluían este error, y eso me quita la confianza en el mundo. Os estoy hablando del vocativo. O, más concretamente, de la coma del vocativo


El vocativo (lat. vocativus) fue en latín un caso de la declinación que marcaba explícitamente la función apelativa en el lenguaje. En español lo hemos heredado con exactamente el mismo uso, por lo que el vocativo es una expresión nominal que se utiliza (¡oh, sorpresa!) con función apelativa, es decir, con la intención de llamar la atención de alguien o algo. Por ejemplo: 

"Andreíta, cómete el pollo". 
"¿Has puesto la mesa, Juan?". 
"Niño, no me toques los cojones". 

Como podéis ver, los tres sustantivos (dos nombres propios y uno común) que hay marcados en negrita en las oraciones llaman la atención de quien recibe la oración que los acompaña. Esta oración puede tener valores diferentes: en el primer ejemplo, es una orden (oración imperativa); en el segundo, una pregunta (or. interrogativa); y en el tercero, una advertencia (or. ...mmm... admonitiva). Además, el vocativo puede ir colocado al comienzo de la oración o al final. O en el medio, al gusto del consumidor. Fijaos en cómo suena el cambio de posición: 

"Niño, no me toques los cojones". 
"No me toques los cojones, niño". 
"No me toques, niño, los cojones". 

En la primera oración, el hablante hace hincapié en que el niño escuche lo que le va a decir (y obedezca, por su bien). En la segunda, la atención se centra en la orden más que en la persona que la recibe. En la tercera, sin embargo, aunque el sentido es el mismo que en las dos anteriores, la inclusión del vocativo en medio de la oración separando el verbo y su complemento (CD) hace que suene más poético, porque cambia el orden lógico de la oración. (No os voy a dar mucho la vara con esto, son el tópico y el foco, pero con lo que os debéis quedar es con que la posición de un elemento en la oración cambia el matiz de esta). 

Hasta aquí todo el mundo estará de acuerdo, mis queridos lectores, en que identificar un vocativo es muy sencillo, pero hay algo que tenéis que recordar: EL VOCATIVO VA ENTRE COMAS. Siempre. No hay excepciones a esto. Da igual que lo pongáis delante o detrás (y en este caso, lleva solo una) o que esté situado en medio de la oración (en cuyo caso, lleva dos, una de apertura y una de cierre): el vocativo es un complemento oracional especial y tiene que ir siempre separado por comas del resto de la oración. Esto significa que cosas como: *"Sí señor" son errores gramaticales (correcto: "Sí, señor"). 

La principal dificultad que entrañan estas comas es saber reconocer el vocativo cuando su función apelativa no es tan clara. Con los nombres propios es fácil: si el nombre propio es el sujeto, no lleva coma; si no es el sujeto, sino que se está llamando a esa persona, sí la lleva. El problema viene con los nombres comunes, así que hay que estar muy atento para no cometer un error bien gordete al omitir la coma del vocativo. 

Ojo: esta es una coma gramatical, un elemento de puntuación que responde a cuestiones gramaticales, no fonéticas. No se pone porque en la cadena hablada hagamos una pausa (que, por otro lado, hacemos), sino porque a nivel gramatical tenemos que marcar la separación de este complemento. 

Podéis leer un poco más de información y ver más ejemplos aquí. Es la entrada de 'coma' del Diccionario Panhispánico de Dudas, en el apartado 1.2.3.

Mucho ánimo y no desesperéis: las comas son vuestras amigas. 

S. 


lunes, 26 de marzo de 2018

Entrevista: Caja de Letras

Hay quien dice que escritor se nace, que el ingenio es un don con el que algunas personas son obsequiadas en el momento de su llegada al mundo como si de un poder mágico se tratase, y esta es, en realidad, una cuestión que lleva siglos de debate en el mundo literario y de la cultura. Es el sempiterno enfrentamiento entre el ars y el ingenium, que decía Horacio: la técnica y el talento. 

A lo largo de la historia de la literatura, en la reflexión sobre la creación literaria y el polo de la autoría, ha habido corrientes que se han inclinado más por el talento, el genio innato, como elemento impulsor del autor, como, por ejemplo, el Romanticismo. La imaginación del autor y las musas serían las responsables de la escritura y de la genialidad de los autores y cargarían con todo el mérito artístico en el mundo de las letras (y las artes). Frente a esto, otras corrientes defienden la técnica como base de la genialidad de los autores, de manera que un escritor no nace, sino que se hace. La formación en poética, en retórica, en gramática..., serían los elementos que convertirían a cualquiera en un gran escritor. Pero, como bien sabía Aristóteles, in media virtus, por lo que ninguno de los extremos tendría la verdad absoluta. 

Para mí, al igual que para muchos otros, el mérito de la creación literaria reside de igual manera en ambos aspectos. La genialidad en el artista depende de su capacidad para tener buenas ideas, para desarrollar de forma innovadoras temas mil veces trillados, de presentar como novedoso algo ya caduco (pues ya se sabe, nihil novum sub sole). Pero las ideas no son nada sin las herramientas adecuadas para manipularlas. Y no se trata de saber qué es una metáfora o una aliteración, de ser capaz de usar bien las rayas de diálogo (de lo que os hablaré pronto) o de emplear un registro correcto de la lengua con sus tildes y su ortografía bien utilizadas. La técnica va mucho más allá de eso e integra los elementos de construcción del texto (estructura, construcción de personajes, temporalidad del relato, verosimilitud y coherencia interna, etc.) y los elementos de "adorno" (tradicionalmente llamadas figuras literarias o retóricas, pero también la gramática, la ortografía, la puntuación, la semántica, etc.). 

¿Es, entonces, difícil escribir? La respuesta a la pregunta es sencilla: depende. Depende de qué se quiera conseguir con dicha escritura. Depende de cuál sea el objetivo. Depende del nivel al que queramos llegar. Depende. Y de esa dependencia derivarán las decisiones que tomemos en nuestra labor creativa y en nuestra formación y desarrollo como personas y, en este caso, como profesionales de la escritura. 

La siguiente pregunta que asaltará a alguno revela la preocupación de quienes quieren escribir y publicar sus textos: ¿cómo consigo llegar a eso? ¿Qué se estudia para ser escritor? Y la respuesta ―no desesperéis― es: todo. Hay que estudiarlo todo. Lo primero, evidentemente, es conocer al dedillo la lengua en la que vas a escribir. Al igual que un músico su instrumento, debes conocer y ser capaz de jugar con los significados, con los recursos que el lenguaje te brinda para transmitir las ideas que en tu mente suenan a gloria pero que, en el papel, se diluyen como arena en la playa. Y con la lengua bien aprendida, hay que leer. Leer, leer y leer, de todos los géneros, de todos los autores, de todos los temas, porque los libros son nuestro mejor maestro. Pero no son el único, y de eso os quería hablar hoy, de los otros maestros. 

Uno de los recursos con que cuentan quienes quieren escribir hoy en día son los Cursos de Creación Literaria. Voy a centrarme aquí en los de narrativa, puesto que la lírica, como género, va siempre por otros derroteros, del mismo modo que hace el teatro, y es que mayoritariamente escribimos, y queremos escribir, novelas y relatos. Como los grandes. Enseñar la teoría sobre la escritura, entregar las herramientas necesarias y pulir el estilo de un escritor que empieza o que quiere mejorar su obra es una tarea difícil, por lo que es costoso encontrar un curso que se adapte a las necesidades creativas de cada uno, y más aún cerca de nuestro domicilio (gracias a las redes sociales y a Internet por las pequeñas cosas), así que voy a recomendaros uno de ellos. 

A la hora de elegir un curso de narrativa, donde dejaremos nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro esfuerzo, hay varias cosas que tener en cuenta: quién lo imparte, cómo lo imparte y qué es lo que imparte. Por tanto, fijaos en sus profesores, en su método y en su programa de trabajo. Caja de Letras (anteriormente Factoría de Autores), dirigida por Concepción Perea, cumple con los tres requisitos que os ponía más arriba. Sus profesores son autores consagrados, por lo que no solo hablan desde su formación profesional, sino también desde su experiencia en el mundo literario; su método es flexible y personalizado, de manera que el rendimiento que se puede obtener es máximo; y su programa abarca los puntos básicos para introducirse en el mundo de la narrativa de forma teórica y, lo más importante, práctica. 




Para celebrar su quinto aniversario, Caja de Letras cambia de nombre y de imagen, y va a traernos próximamente un montón de sorpresas, así que les hemos pedido que nos hablen un poco de ellos, de sus cursos y de todo lo que pueden ofreceros, que es mucho. Os dejamos con la entrevista. 





En primer lugar, muchas gracias por dedicarnos parte de vuestro tiempo y responder a nuestras preguntas :) Caja de Letras nace con la idea de corregir ciertos errores en la enseñanza de la narrativa. ¿Qué es lo que os diferencia de otras escuelas de narrativa? ¿Cuál es vuestro objetivo principal?

Caja de Letras: Uno de los rasgos de los que nos sentimos más orgullosos es la cercanía. Nuestros cursos son on-line y queremos que los alumnos no sientan que eso es una barrera a la hora de aprender. Por eso nuestras clases son videoconferencias en directo, para que puedan participar y preguntar como si estuvieran en un aula presencial.

Nuestro objetivo principal es el de ofrecer una formación de calidad. Por supuesto intentamos que los alumnos se sientan a gusto y lo pasen bien, pero eso es un medio para conseguir un fin: que mejoren su técnica y aprendan herramientas que les sean útiles a la hora de escribir.

PPL: Una de las peculiaridades de vuestra oferta es la gran variedad que esta alberga. Se incluyen cursos genéricos, como el de guión de cine o el de Narrativa, pero también concretos, como el de novela negra, novela erótica o novela fantástica. ¿Cómo decidisteis sobre qué queríais formar a los escritores noveles?

CdL: Normalmente nos guiamos por dos criterios, el primero es ¿tenemos un buen profesor que pueda dar este curso? Y el segundo es el interés del alumno. Pero lo primero es averiguar si tenemos un profesor a la altura del curso, para nosotros es vital anteponer la calidad a cualquier otro criterio.

PPL: Entre vuestros cursos, como comentábamos, destaca la continuidad de Narrativa I en Narrativa II. ¿Son cursos complementarios o se trata, más bien, de una ampliación? ¿Suelen continuar vuestros alumnos con la segunda parte del curso?

CdL: Para nosotros, Narrativa siempre ha sido un itinerario de dos años. En Narrativa I vemos las bases de cada uno de los aspectos principales de la teoría y la técnica narrativa, desde la planificación, la creación de personajes y tramas al trabajo de descripciones, diálogos y acción. El alumno termina el curso con una visión completa de la práctica narrativa. En Narrativa II, con la base teórica ya asentada, profundizamos sobre todo en los aspectos técnicos y preparamos al alumno para que sea capaz de enfrentarse a la escritura de cualquier género con soltura.

Creemos que esta aproximación ayuda a que los conocimientos se asienten mejor y permite que los alumnos no pierdan la visión de conjunto, que se pondría en peligro si dedicáramos varios meses a un solo aspecto del temario.

En general, la mayoría de los alumnos que terminan Narrativa I deciden continuar con Narrativa II, especialmente aquellos que sienten la inquietud de lanzarse a escribir una novela.

PPL: Una duda que suele acometer a los posibles alumnos a la hora de escoger un curso de este estilo es el programa que se va a impartir. ¿Cómo seleccionáis los contenidos para cada uno de ellos?

CdL: Nuestro principal criterio a la hora de seleccionar el contenido es que resulte útil en la práctica narrativa. Aunque evidentemente tomamos elementos de la teoría narrativa más académica, siempre intentamos mantener la perspectiva de la ejecución. Por ejemplo, resulta muy interesante conocer los tipos de narrador que pueden utilizarse, pero no nos limitamos a enumerarlos, enseñamos a los alumnos cómo usar cada uno de ellos.

PPL: Además de los cursos dirigidos especialmente a la creación literaria, muy pronto vais a entrar en el mundo de la corrección. ¿Cómo decidisteis ampliar vuestra oferta en esta dirección?

CdL: La autopublicación es algo cada vez más habitual. Nosotros solemos insistir mucho en que para lograr un manuscrito de calidad no basta con una buena historia, también tiene que estar bien escrito desde punto de vista ortográfico y gramatical.  Defendemos la figura del corrector, pensamos que es vital para el negocio editorial. Así que creemos que la formación en este campo ayuda mucho, tanto a quien desea autopublicar como a quienes quieren presentar sus manuscritos a una editorial. Evidentemente un material profesional tiene que estar bien acabado en todos los sentidos, por eso hemos creado este curso.

PPL: La finalidad que persigue todo curso (en este caso, de narrativa) es el aprendizaje y la mejora personal en algún campo, pero todo alumno que se precie buscará, además, conseguir un adoptante para sus primeros escritos. ¿Cómo les va a vuestros alumnos cuando salen con sus textos al mundo real?

CdL: Muchos de ellos han llegado a publicar, tanto en solitario, como Carmen Romero o Nieves Muñoz, como en distintas antologías como “Ácronos”, “Grimorio 13”, “Alucinadas”, etc. También han ganado distintos certámenes. Otros trabajan para el mundo editorial en otros campos y se han convertido en correctores o traductores, incluso editores, como es el caso de la editorial Carlinga.

PPL: Como última cuestión, ¿qué les diríais a nuestros lectores para que se animen a apuntarse a alguno de los cursos el próximo año?

CdL: Que si, además de aprender técnica y teoría narrativa, quieren formar parte de una pequeña comunidad de escritores, donde nos esforzamos por promover el respeto, la comunicación y la relación entre los alumnos, si quieren descubrir un espacio donde poder expresarse con libertad y poner a prueba sus habilidades como escritores, en Caja de Letras tenemos la puerta siempre abierta.

Muchas gracias por vuestro tiempo y os deseamos buen camino y buenas letras en esta nueva aventura :)

No olvidéis visitar su página web y su blog, y estad atentos a novedades y cursos, que bien lo merecen. 

S.

jueves, 22 de marzo de 2018

La Poesía y yo

Ayer fue el día mundial de la Poesía, y mi intención era compartir en Twitter mis dos poemas favoritos, de los cuales tengo un par de versos tatuados, pero al final se me olvidó. Esta vida trepidante que llevamos, unida al agotamiento que me produce el alien que crece en mi barriga, hizo que me acordase rozando la medianoche, así que me quedé con las ganas de compartir. 

Pensando en ello, además, caí en la cuenta de que la poesía y yo hemos tenido siempre una relación muy especial de la que no he hablado nunca en el blog, y me pareció una forma interesante de presentaros dos poemas que para mí representan dos aspectos esenciales de mi vida.

La literatura se divide en tres grandes géneros: narrativa (novelas, cuentos, leyendas, mitos...), teatro (drama, comedia, tragedia...) y lírica, comúnmente llamada poesía. Este último género se caracteriza por tratar los temas con especial atención a las partes emocionales, con un gran cuidado formal y por la subjetividad que inunda sus líneas. Se puede escribir en verso o en prosa (véase la prosa poética) y se han buscado innumerables rasgos que lo caractericen y lo aparten de sus dos géneros hermanos desde su reconocimiento como género literario casi al final de la Edad Media. 

A pesar de lo que os acabo de contar, cuando pienso en poesía, siempre viene a mi cabeza el verso, y la cantinela que durante años repetí de: "a mí la poesía no me gusta". Falsa y cierta a la vez, esa afirmación implica que nunca he comprado un poemario para leer motu proprio, porque soy una lectora de historias. Cuanto más largo y más complejo el libro, más lo disfruto, y los poemas son pequeñas piezas de arte que hay que degustar de otra manera. 

Hoy, con la edad, la formación y la experiencia, os diré que la poesía me gusta. Que me encanta. Pero solo cuando la leo porque me apetece, algunos poemas sueltos y algunos autores concretos. Teniendo en cuenta la naturaleza del género, a nadie debe sorprender que os diga que esos son los poemas que me llegan, y que no tienen por qué ser iguales para todo el mundo. 

Por mi trayectoria he leído muchísima poesía clásica: Horacio, Ovidio, Catulo, Virgilio; y más recientemente, española: Machado, Alberti, Lorca... De los primeros tengo mucho más dominio y, además, la inmensa suerte de poder leerlos en su original, que eso no tiene precio. Las reminiscencias de la lengua latina permiten paladear versos eternos de una sublimación que cuesta volver a encontrar en la historia de la literatura. Pero también los modernos me han cautivado y han encandilado mis oídos de lectora de cuentos. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Y muchos más. 

Si alguno hubiera de elegir de entre todos los poemas que nos han brindado las musas, este sería el primero (Horacio, Liber carminum III, 30): 

Exegi monumentum aere perennius
regalique situ pyramidum altius,
quod non imber edax, non Aquilo inpotens
possit diruere aut innumerabilis
annorum series et fuga temporum. 
Non omnis moriar multaque pars mei
vitabit Libitinam; usque ego postera
crescam laude recens, dum Capitolium
scandet cum tacita virgine pontifex. 
Dicar, qua violens obstrepit Aufidus
et qua pauper aquae Daunus agrestium
regnavit populorum, ex humili potens
princeps Aeolium carmen ad Italos
deduxisse modos. Sume superbiam
quaesitam meritis et mihi Delphica
lauro cinge volens, Melpomene, comam. 

He erigido un monumento más perdurable que el bronce
y más elevado que las regias pirámides,
el cual ni la lluvia voraz ni el Aquilón desbocado
podrán derruir ni una incontable
serie de años y el paso del tiempo. 
Del todo no moriré y gran parte de mí
evitará a Libitina; por siempre yo viviré
renovado por loas futuras, mientras al Capitolio
ascienda con la callada virgen el Pontífice. 
De mí se dirá que fui, donde violento resuena el Áufido 
y allá donde el pobre en agua Dauno reinó
sobre pueblos agrestes, el primero en traducir, de humilde
a poderoso tornado, al latín poemas en eolios. Reconoce mi nivel,
ganado por mis méritos, y cíñeme de buen gusto, Melpómene, 
la corona de laurel de Delfos.

Siglos hace que no traduzco del latín, ni que lo leo, y lo mucho que lo echo de menos. Por su sonido, por su gramática, por su significado, y por todo lo que me trajo en un momento de mi vida en que no era más que agua y barro aún dispuestos para modelar. Quien conozca este poema (y a mí, por ser más exactos), entenderá el tatuaje. Porque las palabras sobran.

Del segundo, una imagen, nada más. 


S.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Píldoras gramaticales I. Aún y aun.

Últimamente he estado leyendo mucho, tanto novelas ya publicadas como algunas que están por venir (y ojito a lo que viene), y siempre encuentro alguna errata que se escapa de las manos hasta del corrector más veterano y cuidadoso. 

La lengua española esconde algunos entresijos complicados de comprender y de aprehender al dedillo, y en ocasiones nos juegan malas pasadas que afean nuestros textos. Para evitarlo, voy a intentar ofrecer unas pequeñas Píldoras gramaticales que ayuden a, en primer lugar, comprender y disfrutar nuestra lengua y, en segundo, a pulir nuestros textos. 

Podría haber elegido casi cualquier tema para la primera Píldora, pero he optado por la diferencia entre aún (con tilde) y aun (sin tilde) porque es la falta de ortografía (en este caso, de acentuación) más habitual con la que me he encontrado en los textos. 
  • A modo de inciso, siempre utilizo el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española de la lengua) para buscar las acepciones de una palabra. Cuando tengáis dudas sobre su uso, especialmente gramaticales, os recomiendo utilizar el Diccionario Panhispánico de Dudas, donde aparecen explicados al detalle los usos correctos e incorrectos de algunos elementos complicados del español. En nuestro caso, aún/aun no se incluye. 

El tema en el que se incluye la diferencia entre aún y aun es la tilde diacrítica. Se trata de una tilde que permite diferenciar entre palabras que se escriben igual (mí/mi, te/té...) según sus usos. 


Como se aprecia en la imagen, únicamente se escriben con tilde (o acento gráfico) las tres primeras acepciones de la palabra, mientras que las dos segundas (y la locución conjuntiva concesiva y algo más que veremos) no la llevan. 

Una forma sencilla de saber si nuestro ejemplo lleva tilde es ver si lo podemos sustituir por "todavía", pues el significado de aún en las tres primeras acepciones es equivalente al de este adverbio. 

En el primer caso, aún tiene un significado puramente temporal. Ej.: Aún es de día. Aún no han llamado. Aún no ha hecho la comida. Con nuestro truco, podríamos decir: Todavía es de día. Todavía no han llamado. Todavía no ha hecho la comida.

En el segundo, aún se emplea con el significado de "no obstante, sin embargo". Aquí también se puede sustituir por todavía, en el mismo sentido. Ej.: Fue el ganador y aún se quejó. Lo despertaron el primero y aún llegó tarde. Fue el ganador y todavía se quejó. Lo despertaron el primero y todavía llegó tarde. En este caso hay que tener cierto cuidado, porque se escribe aún con tilde cuando va solo. Después veremos las locuciones (unión de aun con otros elementos) y os explicaré que la locución concesiva "aun así" no lleva tilde. Entonces, Fue el ganador y, aun así, se quejó. Por lo tanto, cuidado. Debo decir que este uso concreto de aún con tilde con significado de sin embargo lo he encontrado utilizado muy pocas veces. 

La tercera acepción de aún, como dice el diccionario, denota encarecimiento o ponderación. Es decir, se utiliza cuando queremos contabilizar algo. Y para que nos quede más claro, habitualmente va unido a los adverbios más/menos (bien inmediatamente antes o después o bien unidos a un sustantivo o adjetivo relacionado). Ej.: Le dieron quince barras, pero quería más aún (quería más todavía). Deseaba más reconocimiento aún del que le habían concedido (más reconocimiento todavía). Pensó que sería caro, pero costaba menos aún de lo que había pensado (costaba menos todavía).  

Estos son los tres únicos usos de aún que llevan tilde. 

La cuarta acepción de aun (sin tilde) lo hace equivalente a "hasta/incluso", e indica algún tipo de límite. Para mí, los dos ejemplos que proporciona el DRAE tienen matices bastante diferentes. Os explicaré cómo distinguirlos: 
- Te daré 100 dólares, y aun 200, si los necesitas (> e incluso 200). Implica un límite y poner todavía sonaría raro, por lo que nuestro primer truco hace aguas. Si no lo podéis intercambiar por todavía, no pongáis tilde. 
- Aun (estando) casados, dormían en habitaciones separadas (Incluso estando casados...). Se puede sustituir, como dice el DRAE, por incluso, por lo que sin tilde. Peeeero...
Este último caso creo que tiene un matiz diferente, como os decía. Podríamos sustituirlo por "A pesar de que estaban casados" o "Aunque estaban casados", con un valor en cierto modo concesivo. En el ejemplo que nos da el DRAE he puesto el gerundio entre paréntesis porque puede no aparecer, pero se trata de una construcción muy frecuente. 
Más ejemplos: Aun sabiéndolo, decidió no actuar. Aun siendo consciente de las consecuencias, salió pasadas las doce. Se ve muy claro que no podemos decir *Todavía sabiéndolo o *Todavía siendo consciente, pero sí "A pesar de saberlo" (por cuestiones gramaticales, cambia el gerundio por el infinitivo) o "Aunque lo sabía" (en este caso, cambia por una oración con verbo conjugado). 

La última acepción aun va sin tilde cuando tiene un significado equivalente a "siquiera" (habitualmente, "ni siquiera" unido) o a "tan solo". Ej.: Ni aun sabiéndolo quiso contarlo. Ni siquiera sabiéndolo quiso contarlo. Tampoco aquí podemos sustituirlo por "todavía" (*Todavía sabiéndolo). 


Fuera de estas cinco acepciones, que son los significados y usos básicos de aún/aun, hay ciertos grupos de palabras que suelen ir unidos (locuciones) y que tenemos que conocer.

El primero nos lo da el DRAE: aun cuando (sin tilde), equivalente a una oración subordinada concesiva que empieza por aunque. Si lo podemos sustituir por una oración completa que empiece por aunque (al igual que la acepción 4), irá sin tilde. 
Ej.: Aun cuando le habían advertido, decidió ir por su cuenta. No eligió la primera puerta, aun cuando todas las señales le indicaban el camino correcto. (Aunque le habían advertido..., ...aunque todas las señales...).

El segundo os lo voy a dar yo porque es un uso frecuentísimo y más frecuentísimos aún (acepción 3) son los errores que encontramos en su uso: aun así. Siempre va sin tilde. No podemos decir *todavía así, mientras que nos aceptará bien la sustitución por una oración que empiece por aunque (o, incluso, por "a pesar de ello"). 

Ej.: Quiso terminar antes de comer. Aun así, no se esforzó todo lo que debía. (A pesar de ello, no se...).
Ej.2: Y, aun así, el predicador siguió andando. (Y, aunque estaba así/ a pesar de estar así).   

Como veis, los trucos se pueden resumir esencialmente en dos: si se puede sustituir por "todavía" (más temporal), lleva tilde. Si lo podéis sustituir por una oración de "aunque/a pesar de" (más concesiva), no la lleva. 

Mucho ojo al escribir y buenas letras. 

S.


sábado, 13 de enero de 2018

Reseñas de continente y Reseñas de contenido

Como no soy una tableta de delicioso turrón, vuelvo después de Navidad. Mi intención había sido regresar antes, y llevo, de hecho, con esta entrada en mente desde hace varias semanas, pero las circunstancias han sido inclementes y me han mantenido lejos de las teclas contra mi voluntad. Entre ellas, cabe destacar que mi ordenador ha muerto. Por suerte, cuando ya había conseguido sacar casi todos los archivos importantes (aunque algunos se hayan quedado por el camino); por desgracia, de manera bastante fatal, y ahora solo funciona en la buhardilla enchufado a la red por cable, y allí hace mucho frío. He tardado unos días en recuperar un viejo portátil, adecentarlo e instalarle un par de programas básicos, así que, por fin, aquí estamos.

Y para encabezar la entrada del blog he elegido un título que, a priori, puede resultar extraño: Reseñas de continente y Reseñas de contenido. Tradicionalmente, la separación entre tipos de reseñas de la que siempre he oído hablar es la de reseñas de divulgación/opinión y reseñas académicas. Las primeras las puede escribir cualquier lector, bien sea especializado o bien amateur, y tienen como finalidad expresar la opinión que merece un libro tras su lectura, sea esta buena o mala. Las segundas, más que aportar una opinión (aunque debieran), tienden a hacer un repaso por la estructura y contenido del texto en cuestión, señalando algún punto fuerte y alguno débil, pero sin meterse en los berenjenales de la calidad literaria o investigadora, que eso gana muchos enemigos. La crítica que se hace a estas reseñas, precisamente la de su falta de implicación, es lo que me dieron a mí como consejo cuando tuve que escribir alguna: no te mojes. 

Sin embargo, lejos de esa distinción y sin querer sentar cátedra en cuestiones de terminología, al terminar de leer dos libros que gané en un sorteo en Twitter (gracias, Runas :D), me vino a la mente otra diferente al plantearme cómo podría hablar del primero en el blog. 

Curiosamente, y casi sin pretenderlo, todo lo que llevo leído en lo que va de año (que no es mucho, cierto es) ha salido de la pluma de diferentes autoras, y cada libro pertenece, además, a un género distinto. 

Resultado de imagen de detrás de sus ojosEl primero fue Detrás de sus ojos, de Sarah Pinborough, traducido por Pilar Ramírez Tello y editado por Runas, la colección de género fantástico de Alianza. No me gusta ponerles etiquetas a los libros, pero quizá yo le pegaría la de 'thriller psicológico'. 

Lo terminé en un tiempo récord. Llegó con Papá Noel y al día siguiente por la noche ya me lo había acabado (ps..., es un poco trampa, me lo leí el año pasado...), y tan pronto lo cerré sentí la irreprimible necesidad de hablar con alguien sobre el libro. Que se lo hubiera leído, por supuesto, porque es una novela de la que no se puede decir nada sin arriesgarse a estropearla. 

¿Cómo reseñas una novela así? ¿Cómo hablas de ella en el blog, en el facebook, en la cola de la pescadería, si no puedes soltar ni un pedacito de su contenido porque podrías dejar una pequeña pista que el futurible lector use para descifrar el enigma entre sus páginas?

Sobra decir que me encantó. Me atrapó, me enganchó con una prosa fácil y un ritmo intenso, con unos personajes cercanos y verosímiles y con un imperceptible camino de miguitas de pan que aparecían en cada capítulo y te obligaban a leer sin parar (cierto es, dormí muy poco). Pero no sabía cómo hablar de él sin desvelar nada. 

De ahí surgió ese primer término, las reseñas de continente. Si no puedo hablar de lo que pasa, hablaré de cómo pasa. Porque una de las características de la novela que más me llamaron la atención fue la forma en que estaba escrito. Desde hace tiempo ya (y más con el aplastante éxito de Martin y CDHYF) nos hemos acostumbrado a las novelas narradas desde distintos puntos de vista. La teoría nos dice que, para que funcionen, el personaje debe tener su propia voz. Algunos autores lo solventan poniendo el nombre del personaje que preside el capítulo al comienzo de este, pero en Detrás de sus ojos no habría hecho casi falta, pues el carácter de sus protagonistas se trasluce en sus propias palabras y en la voz del narrador en primera persona. Este cambio de uno a otro (de una a otra, más bien) va haciendo avanzar una trama cuyo final había anticipado desde casi el mitad de la novela. SLÑJERQWÑE. Y hasta ahí puedo leer. 

Me ha apasionado. Me enganchó y me hizo devorarla a riesgo de pasar mucho sueño en medio de fiestas y visitas familiares, pero no podía quedarme así. La voy a regalar y la quiero recomendar, porque es una novela que merece ser leída sin saber nada de antemano. Cero ideas, cero prejuicios. Tan solo un sofá (o el suelo, da lo mismo), tú y el libro. 

Resultado de imagen de las estrellas son legiónLa segunda novela, y de ahí el segundo título, es Las estrellas son legión, de Kameron Hurley, traducido por Alexander Páez y publicado en la misma editorial. Con este rompí una de mis reglas: no dejar un libro a medias. Lo llevo fatal, en serio. Pero a veces hay que hacer caso al cuerpo o no se disfrutará igual de la lectura. Llevaba apenas seis u ocho páginas, pero me había tocado releerlas varias veces porque no me concentraba, y mi cerebro no hacía más que obligarme a mirar al libro en la estantería, al libro en la balda y, finalmente, al libro en el sillón. Y tuve que leerlo. 

Sin embargo, me costó. No es tanto la forma como el contenido lo que me hizo cuesta arriba la lectura en un comienzo. Intercambié varios comentarios con el traductor mientras leía, y creo que en cuestión lingüística ha hecho un trabajo excelente al trasladar el mundo de Katazyrna, el Mokshi y compañía a nuestra lengua, pero el contenido de la novela, el escenario en el que se mueven los personajes, está tan absolutamente alejado de nuestra realidad que no existen elementos referenciales a los que nos podamos asir para sentirnos identificados. 

Las descripciones de las naves-mundo, de ese interior bio-tecnológico, con las criaturas extrañas que lo pueblan, me recordaban al principio a un montón de Samsas correteando por la habitación, y yo soy un poco especial con eso de los bichos. Para mí esa lejanía referencial fue la dificultad principal a la hora de engancharme a la novela. Pero todo eso cambió en torno a la página 100. No soy una lectora habitual de ciencia ficción, por lo que supongo que ese fue el momento en que asimilé la naturaleza del mundo en el que me movía, y después de eso la novela me duró otro suspiro. Triste de mí, también preví el final. Estoy condenada a autospoilearme. Pero no le quitó valor a una novela que me ha sorprendido y cautivado a partes iguales. 

Esta, a diferencia de la anterior, creo que viene revestida por un contenido mucho más filosófico, por unas reflexiones que buscan (re)(con)mover al lector, y no creo que todo el mundo sea capaz de disfrutarla al mismo nivel. El hecho, por ejemplo, de que sea una novela donde no aparece ni un solo hombre probablemente aparte de ella a quien sea incapaz de dejar de mirar los árboles para ver el bosque. Pero no puedo dejar de recomendarla. Leedla, abrid vuestra mente y dejad que los tentáculos de las naves-mundo os arrastren a sus profundidades. Olvidad las leyes de la física y todo lo que conocemos sobre nuestra realidad y bucead entre sus páginas. Merece la pena. 

Como se puede apreciar, se trata de dos novelas muy diferentes entre sí. En ambas son esenciales fondo y forma, pero de la primera me niego a hablar sin que la hayáis leído antes y de la segunda quiero destacar la creación de un mundo casi imposible de imaginar, pero coherente y fuerte en sí mismo. 

Leedlas, en serio. 

S. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Gaiman, regalo y estreno

Hay novelas que, una vez leídas, no te permiten hablar de ellas. Suavemente colocan un sello en tus labios, entrelazan tus dedos y te piden con amabilidad que abras otra solapa, te sumerjas en otras palabras y guardes para ti lo que has leído. 

Hace algún tiempo me llegó a casa un paquete de remitente desconocido (gracias, amiga :), ahora sé quién eres) con libros de diferente factura. Uno de ellos El océano al final del camino, de Neil Gaiman. Nunca he leído nada suyo, pero de la neblina del pasado me llegaban ecos de esa portada, de haber quedado intrigada y cautivada por ella, allá antaño maricastaño cuando reseñaba en Fantasymundo. En su día lo reseñó mi mentor en aquella web, y con el tiempo la noción de haberlo querido se difuminó y desapareció en la estresante vida de los adultos. 

Hasta ayer. Quería ver una película, detrás de la cual llevo varias semanas y que pensé, erróneamente, que tenía. Quería hablar con mi hermana, pero la red no funcionaba y hacía imposible la comunicación. Y a eso de las 12, la hora bruja, cansada y aburrida, cogí el único libro que me quedaba por leer aquí abajo y lo empecé. 

Lo he terminado por la mañana porque ya anoche percibí cuál era su naturaleza. No es un torrente. Ni un estanque-océano. Recuerda al remanso tranquilo de un riachuelo de aguas claras, rodeado de mullido césped lustroso, donde reposa un niño enfermo, que no se puede mover y aguarda en silencio el final. 

Es triste, y bonito. Bonito y triste. Tan íntimo que me recuerda a la delicadeza de La música del silencio, de Rothfuss. No sabía qué escribe Gaiman, pero esto no lo habría esperado. No habría sido capaz de describirlo. Porque hay libros que no quieren ser hablados. Solo leídos, y después guardados en la caja de los recuerdos. 

S. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Metáforas acuáticas de mentes cansadas

Hablaba ayer (en mi vuelta de Portugal a lomos del Guadiana) sobre la lectura y lo diferentes que son entre sí algunos libros, y venía a mi mente una metáfora que lo explicaba muy bien. Lo retrataba, en realidad. Como decía Horacio, ut pictura poiesis, y ¿qué otra cosa es una metáfora que una imagen en palabras?

Los libros son, a veces, como el agua. Muerte en el Sena, que terminé ayer, es un río tranquilo. Discurre por una llanura soleada, probablemente cerca de un parque, pero no infantil, sino con bancos de hierro forjado y una pérgola. Con señores mayores y señoras mayores que se sientan juntos, pero separados, y que sacan de su bolso un pequeño tesoro de pan duro que dan a los patos mientras ven la vida pasar. 

Disforia, de Jasso, podría ser como su propia portada, como su historia: un río helado, con la superficie quebradiza y opacada por una capa de escarcha y nieve muerta, bajo la cual el agua bulle enfervecida y arrastra todo lo que lleva a su paso. No permite la vida, la ahoga y la oprime, y solo al final permite un respiro allá hacia donde las nubes dejan entrever algún claro de sol. 

Hoy me he terminado La vidente, de Lars Kepler (pseudónimo de un matrimonio sueco adorable), y es un auténtico torrente. Ayer lo empecé, empachada de letras después de una tarde de lectura, y me arrastró con la fuerza de un tifón. Solo podía bracear y ahogarme entre sus páginas, y al mismo tiempo deseaba que me llevase, y me dejaba llevar. 

Echaba de menos un libro torrente. De esos que te atrapa y te deja sin respiración, de los que te obligan a olvidarte de la comida, del baño y del resto del mundo. Adoro leer, y lo echaba de menos, pero a veces necesito un libro así para que me rescate de la normalidad y me devuelva al vicio que llevo dentro. Si hay un infierno para quienes ignoran a familia y amigos por leer, ahí estaré yo. 

De momento cruzo los dedos y agito mi trébol de cuatro hojas. En breves subiré a la buhardilla a buscar otra víctima de mi ansia lectora, y espero no encontrarme con una ciénaga putrefacta. Hace mucho que no me pierdo en una de esas y espero tardar mucho tiempo en descubrir alguna. Quiero más Keplers en mi vida. 


Bonus track: como curiosidad, hace tiempo que vengo notando de forma inconsciente en las lecturas cuándo se describe el físico de los personajes (y cuándo no), y sobre todo cuándo se hace de forma gratuita y cuándo es una exigencia de la trama. En Muerte en el Sena, nunca se menciona la edad concreta de las protagonistas, aunque por los datos sobre su vida (una es policía jubilada y la otra, stripper) podemos hacernos una imagen mental de su edad y posible aspecto, y es solo en un momento de la novela cuando, en boca de un personaje que habla por teléfono, hace alusión a la protagonista en una conversación entrecortada y obtenemos un dato, mínimo, sobre su físico. En el caso de La vidente, el narrador es mucho más tradicional y nos da muchos datos sobre el aspecto de los personajes y, de hecho, me he descubierto sonriendo (lo admito, con condescendencia) al leer que el viento hace volar la americana de Joona Linna dejando ver sus músculos. Dos veces. En este caso, aparte de la obviedad de que el aspecto de Joona me da lo mismo porque lo que me interesa es su supercapacidad de ver en las escenas del crimen y de resolverlos, me surge una duda muy curiosa. Dado que las novelas son escritas por el matrimonio (marido y mujer), ¿quién hace tanto hincapié en los músculos de mi amigo Joona? ¿Es el marido, pensando que es un guiño atractivo para el público femenino? ¿Es la mujer, cayendo en el cliché del varón valiente y fuertote? ¿Es una tercera opción que no se me ocurre? Adoro que mi cerebro trabaje en segundo plano, a veces le surgen dudas existenciales como estas. Para una entrevista futura ya sé qué preguntarles :)


S.