viernes, 24 de noviembre de 2017

Gaiman, regalo y estreno

Hay novelas que, una vez leídas, no te permiten hablar de ellas. Suavemente colocan un sello en tus labios, entrelazan tus dedos y te piden con amabilidad que abras otra solapa, te sumerjas en otras palabras y guardes para ti lo que has leído. 

Hace algún tiempo me llegó a casa un paquete de remitente desconocido (gracias, amiga :), ahora sé quién eres) con libros de diferente factura. Uno de ellos El océano al final del camino, de Neil Gaiman. Nunca he leído nada suyo, pero de la neblina del pasado me llegaban ecos de esa portada, de haber quedado intrigada y cautivada por ella, allá antaño maricastaño cuando reseñaba en Fantasymundo. En su día lo reseñó mi mentor en aquella web, y con el tiempo la noción de haberlo querido se difuminó y desapareció en la estresante vida de los adultos. 

Hasta ayer. Quería ver una película, detrás de la cual llevo varias semanas y que pensé, erróneamente, que tenía. Quería hablar con mi hermana, pero la red no funcionaba y hacía imposible la comunicación. Y a eso de las 12, la hora bruja, cansada y aburrida, cogí el único libro que me quedaba por leer aquí abajo y lo empecé. 

Lo he terminado por la mañana porque ya anoche percibí cuál era su naturaleza. No es un torrente. Ni un estanque-océano. Recuerda al remanso tranquilo de un riachuelo de aguas claras, rodeado de mullido césped lustroso, donde reposa un niño enfermo, que no se puede mover y aguarda en silencio el final. 

Es triste, y bonito. Bonito y triste. Tan íntimo que me recuerda a la delicadeza de La música del silencio, de Rothfuss. No sabía qué escribe Gaiman, pero esto no lo habría esperado. No habría sido capaz de describirlo. Porque hay libros que no quieren ser hablados. Solo leídos, y después guardados en la caja de los recuerdos. 

S. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Metáforas acuáticas de mentes cansadas

Hablaba ayer (en mi vuelta de Portugal a lomos del Guadiana) sobre la lectura y lo diferentes que son entre sí algunos libros, y venía a mi mente una metáfora que lo explicaba muy bien. Lo retrataba, en realidad. Como decía Horacio, ut pictura poiesis, y ¿qué otra cosa es una metáfora que una imagen en palabras?

Los libros son, a veces, como el agua. Muerte en el Sena, que terminé ayer, es un río tranquilo. Discurre por una llanura soleada, probablemente cerca de un parque, pero no infantil, sino con bancos de hierro forjado y una pérgola. Con señores mayores y señoras mayores que se sientan juntos, pero separados, y que sacan de su bolso un pequeño tesoro de pan duro que dan a los patos mientras ven la vida pasar. 

Disforia, de Jasso, podría ser como su propia portada, como su historia: un río helado, con la superficie quebradiza y opacada por una capa de escarcha y nieve muerta, bajo la cual el agua bulle enfervecida y arrastra todo lo que lleva a su paso. No permite la vida, la ahoga y la oprime, y solo al final permite un respiro allá hacia donde las nubes dejan entrever algún claro de sol. 

Hoy me he terminado La vidente, de Lars Kepler (pseudónimo de un matrimonio sueco adorable), y es un auténtico torrente. Ayer lo empecé, empachada de letras después de una tarde de lectura, y me arrastró con la fuerza de un tifón. Solo podía bracear y ahogarme entre sus páginas, y al mismo tiempo deseaba que me llevase, y me dejaba llevar. 

Echaba de menos un libro torrente. De esos que te atrapa y te deja sin respiración, de los que te obligan a olvidarte de la comida, del baño y del resto del mundo. Adoro leer, y lo echaba de menos, pero a veces necesito un libro así para que me rescate de la normalidad y me devuelva al vicio que llevo dentro. Si hay un infierno para quienes ignoran a familia y amigos por leer, ahí estaré yo. 

De momento cruzo los dedos y agito mi trébol de cuatro hojas. En breves subiré a la buhardilla a buscar otra víctima de mi ansia lectora, y espero no encontrarme con una ciénaga putrefacta. Hace mucho que no me pierdo en una de esas y espero tardar mucho tiempo en descubrir alguna. Quiero más Keplers en mi vida. 


Bonus track: como curiosidad, hace tiempo que vengo notando de forma inconsciente en las lecturas cuándo se describe el físico de los personajes (y cuándo no), y sobre todo cuándo se hace de forma gratuita y cuándo es una exigencia de la trama. En Muerte en el Sena, nunca se menciona la edad concreta de las protagonistas, aunque por los datos sobre su vida (una es policía jubilada y la otra, stripper) podemos hacernos una imagen mental de su edad y posible aspecto, y es solo en un momento de la novela cuando, en boca de un personaje que habla por teléfono, hace alusión a la protagonista en una conversación entrecortada y obtenemos un dato, mínimo, sobre su físico. En el caso de La vidente, el narrador es mucho más tradicional y nos da muchos datos sobre el aspecto de los personajes y, de hecho, me he descubierto sonriendo (lo admito, con condescendencia) al leer que el viento hace volar la americana de Joona Linna dejando ver sus músculos. Dos veces. En este caso, aparte de la obviedad de que el aspecto de Joona me da lo mismo porque lo que me interesa es su supercapacidad de ver en las escenas del crimen y de resolverlos, me surge una duda muy curiosa. Dado que las novelas son escritas por el matrimonio (marido y mujer), ¿quién hace tanto hincapié en los músculos de mi amigo Joona? ¿Es el marido, pensando que es un guiño atractivo para el público femenino? ¿Es la mujer, cayendo en el cliché del varón valiente y fuertote? ¿Es una tercera opción que no se me ocurre? Adoro que mi cerebro trabaje en segundo plano, a veces le surgen dudas existenciales como estas. Para una entrevista futura ya sé qué preguntarles :)


S. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

De lecturas y diferencias vitales

Hace muchos, muchos años, entrenando aún en mi primer gimnasio, a un compañero le dijeron que "iba y venía como el Guadiana". A mí, en aquel momento, me sonó a chino (algo raro, porque el aikido es japonés, pero nunca sabe una), y no fue hasta tiempo después cuando mi señor marido, que viene de tierras extremeñas, me explicó que ese refrán tiene su razón de ser en que el río Guadiana se esconde y se muestra a lo largo de su curso. Que hay una especie de tragaderas que lo esconden y lo llevan más allá de la frontera con Portugal para volver, a cierta distancia, a tierras patrias. Además de ser algo peligroso, porque a quien se lo traga un agujero de esos no se lo vuelve a ver, es un rasgo que explica aquel refrán que oí una vez. Aquí siempre se ha dicho que se viene "de Pascuas a Ramos", pero me gusta mucho más la metáfora fluvial de los extremeños. 

Esto se me podría aplicar a mí. Siempre me levanto con firmes y loables propósitos de escribir, de actualizar, de colgar nuevas entradas cada poco tiempo y de exprimirme la masa encefálica esta que tengo entre hueso y hueso para que mi exiguo contador de lectores no empiece a mostrarse en negativo. Pero las intenciones se las lleva el viento, y ahora que tengo tiempo el principal problema viene a ser que guardo el azúcar en el frigo, la nata en el microondas y echo el agua en el vaso de la comida de mi perra. Así que, cuando no es por una es por otra, en el blog corren más plantas rodadoras que en el terrible oeste americano. 

Hoy, sin embargo, se me debe de haber destaponado una oreja porque noto cómo se me escapa la inspiración y me escurre por el brazo hasta la punta de los dedos, y aquí me hallo: contando una pequeña anécdota literaria para no terminar este libro, que me ha durado solo un suspiro. 

En los últimos días he leído dos libros que no podrían ser más diferentes. El primero lo compré en la segunda Cylcon, y además me lo llevé firmado. El segundo, en el mercadillo dominical, probablemente a un euro, porque una de mis alumnamigas me dijo que lo mencionaban en La joven ahogada (y todo el mundo sabe que ese libro es un must para mí). Aún no he terminado el segundo, pero, aunque estoy enganchada y tengo ganas de desvelar la trama, me deja una sensación agridulce, y me atrae mucho más esta reflexión que despedirlo dignamente. 

Disforia, de David Jasso, publicado en Valdemar, ha pasado un año alejado de sus hermanitos literarios y desterrado en la habitación de invitados porque quería tenerlo cerca de mí para leerlo, pero no ha sido hasta ahora cuando he encontrado el momento para hacerlo. Lo abrí sin saber bien qué esperar de él y me sacudió como una descarga. 

Inciso: últimamente, cada vez que veo un trailer y después su correspondiente película, descubro que se me ha jodido la experiencia porque, con la de metraje que aparece en los distintos trailers y mi intuición, poca cosa me sorprende en el cine/tele. Me ha pasado varias veces y es profundamente decepcionante. Ya no quiero ver trailers, y eso que me gustaba. Deberían despertar interés, y no destripar el argumento. Llegada a esa conclusión, ni me molesto en leer sinopsis. Si me gusta la portada y lo recomienda gente en cuyo criterio confío, me lo leo. Salvo que esté en mi pila de libros, ahí me fío solo de instinto. Fin del inciso. 

Como decía, al empezar a leer Disforia, me sorprendió. Por todo: argumento, técnica, estilo, desarrollo, personajes... Creo que de Jasso he leído algún relato, aunque ahora no le pongo título, pero recuerdo que me cautivó. Y el hechizo terminó de formularse en el Festival Niebla de Salamanca, escuchándole hablar de literatura y cine de terror, y en la Cylcon, sobre algo similar. Me pareció un autor, un escritor-creador, con vastísimos conocimientos y una forma de pensar y de enfrentarse a la literatura y al cine similar a la mía, y eso se traduce en una creación de ambientes y personajes impecable. 

Página a página me vi inmersa en una novela absorbente e inquietante que, curiosamente, me recordó, y desde entonces he pensado mucho en ello, a algo que estoy escribiendo ahora mismo. No he sido capaz de leer la novela sin bucear en el entramado de su creación, pensando en qué se basaría para esto, si tendrá experiencia para contar aquello, y aun así, la he disfrutado como una perra. Estoy deseando leer más cosas suyas. 

Esa novela es por completo distinta de la que estoy leyendo ahora. Muerte en el sena, de Dominique Sylvain (SUMA). Se trata de una novela policíaca, cuya trama parte del hallazgo del cuerpo de una mujer en el Sena y se va complicando hasta llevarnos, en parte, a las profundidades marinas de Indonesia. Creo que no es el libro de mi vida, ni de lejos, pero los personajes son curiosos, muy creíbles, y los giros del argumento, aunque no demasiado sorprendentes, son interesantes. 

Inciso 2: Cuando estudiaba Teoría de la literatura, en una de las asignaturas, no recuerdo en cuál (y los apuntes están en el disco duro -lejos- o en la buhardilla -más lejos-, así que no voy a buscarlos), hablábamos de la experiencia lectora. Según la formación, se distinguían distintas formas de enfrentarse a un libro. Quien no ha estudiado el hecho literario, el lenguaje, los géneros, leerá un libro con la mente más blanca, más vacía, y lo disfrutará de forma más pura. Quien, por el contrario, ha decidido meterse en ese brete, descubrirá que, al leer, no será capaz de olvidarse de la coherencia interna, de los saltos temporales, de las etiquetas, de las clasificaciones, teorías, construcción, lenguaje, etc. (De la ortografía ya ni hablo. Soy jodidamente incapaz de quedarme dentro de una novela si me encuentro una falta, que parece que voy a la caza. Y no, no es gracioso). El lector formado disfrutará de la lectura más, porque sabrá apreciar lo que hay tras ella, tras la creación, pero también menos, precisamente porque su mente irá a otras cosas más allá del mero disfrute. Fin del inciso 2.

Quizá lo que más me atrae de esta novela es, precisamente, su construcción. El caso no está mal, pero me he visto todo CSI Las Vegas y todo Castle, enteros, así que esperaría algo más de tensión. Pero la forma de narrar, el cambio de tercio, la vuelta de tuerca a la mitad de la novela, los pequeños misterios y la capacidad de la autora de llenar el libro de capullos, eso me gusta. Tengo ganas de terminarla, pero también me está gustando paladear cada página en silencio. Es como un café solo, denso, cargado, muy dulce, del que disfruto cada trago porque no habrá otro como ese próximamente, aunque no sea el mejor que haya bebido. 

Así que voy a continuar leyendo. Me resultó curiosa la comparación de estas dos obras por lo diferente, y quería compartirlo. Y echo de menos el café. Café, café, café. De tres en tres. Pronto encargaré mis reyes, este año quiero libros, y me gustaría alguna recomendación inesperada, libros como este, que llegó por casualidad, sin saber ni de qué iba. Pero que me gusten. No vaya a ser que me asuste y termine en Portugal otra vez, como el Guadiana. 

S. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Día de las escritoras 2017 - La joven ahogada

El año pasado fue el primero en el que se celebró el Día de las escritoras en un intento de visibilizar la labor literaria de creación de la mujer. Para mí, este año, se une al movimiento #leoautorasoct, del que ya hemos hablado, y quiero aprovechar la coyuntura para recomendar a todo el mundo esta novela. 

La Editorial Valdemar publicó en 2014 La joven ahogada, una novela escrita por Caitlín R. Kiernan y merecedora en 2012 de los premios BramStoker y James Tiptree Jr. La compré en la Librería Gigamesh en diciembre de 2014, cuando fuimos a la ciudad condal para hablar de dragones, y recuerdo hacerlo porque la portada me cautivó. Y no es la primera vez que me pasa

Volvíamos en avión, así que compré todo lo que pude encajar en las maletas, pero no leí el libro hasta tiempo después, cuando ya daba clase en la Enseñanza Media. 

Me cautivó. Si tuviese que buscar palabras para hablar de su lectura, pensaría sin duda en hechizante, arrebatadora, delicada, mágica. La joven ahogada es una novela que ahonda en la psique humana y que atrapa entre sus páginas. 

Además de a mí, enamoró a mi cuñada, a mi madre, a dos de mis alumnas, y no me cabe duda de que sigue haciéndolo. Es una novela de la que no se puede hablar, hay que leerla, vivirla. Por eso, cuando subí a revisar mi estantería para buscar novelas escritas por mujeres, esta fue la primera que saltó a mi vista. 

Solo puedo decir eso: leedla. Y gracias a Valdemar por traérnosla :) 


lunes, 9 de octubre de 2017

Videojuegos, educación e infancia: las consolas no son niñeras.

No hace mucho contaba en Twitter que, durante una idílica tarde de juegos en el jardín en casa de mis vecinos, estando su Mamá hablando con una Amigui y los pequeños (aprox. 6 y 11) jugando con dos niñitas, a mi salón llegó el griterío y, de entre el resto de voces, escuché la del niño mayor (11, repito) invitando a sus amiguitas de similar edad a "jugar al GTA". Mi cara, entonces, fue un poema. 

Quien me conoce sabe bien que soy una gran fan del mundo del videojuego. Mi primera consola llegó a casa como regalo cuando tenía unos seis años, y desde entonces solo he parado de jugar durante los primeros años de universidad, pues entre la(s) carrera(s), la(s) escuela(s) de idiomas y el gimnasio no conseguía dar a basto. Y después, cuando aprobé la oposición, compré mi primera xbox y mi tele para jugar en pareja

Esta última cuestión, para mí, es algo clave, y es que yo soy, eminentemente, una jugadora social. Cuando era pequeña, a la consola jugábamos en familia. Jugaba con mi madre, con mis padres, con mi hermana y mis padres... Teníamos una libreta de récords y nos íbamos turnando el mando cívicamente y animábamos a los otros cuando jugaban. Además, cada uno elegía juego en su turno y todos jugábamos hasta que se acababan las vidas. Algunos de mis mejores recuerdos nos incluyen a mi madre y a mí pasándonos el Super Mario 1 o el Super Mario 3 entre las dos (porque no había botón de guardar), siguiendo las instrucciones de la libretilla que habían escrito ella y mi padre y que nos decían por qué tubos entrar y qué camino seguir en el laberinto de la pantalla 4-4. O jugando con ella al Joust, "al de los pajarracos esos" (solo de mayor me he dado cuenta de que los bichos voladores que tenían un pico largo no eran tal, sino caballeros que justaban, y de ahí el nombre) o a muchos otros juegos que patrocinaron las alegrías de mi infancia. 

Tanto fue esto así que, cuando llegué a la adolescencia, no sabía jugar sola a la consola. A mi hermana le regalaron una Play 2, pero solo me apetecía jugar cuando estábamos las dos juntas. Cogía el mando para echar un rato sola, pero me aburría en cuestión de minutos. Años después, cuándo mis amigos me descubrieron el League of Legends, se me abrió el paraíso, pero solo consentía en jugar cuando éramos equipo completo. Cuando podía jugar con ellos. Tuve que enganchar a toda la gente de mi alrededor para tener más opciones de juego, y aun así nunca llegué a ser nivel 30 porque no quería jugar sola. 

Solo he encontrado contadas excepciones a este hábito videojueguil. Existen ciertos juegos que no permiten el juego en plataforma multijugador, por lo que solamente se puede jugar de uno en uno. La separación por pantallas, además (juegos de plataformas), no es tan clara como en estos juegos de generaciones anteriores, por lo que turnarse es cada vez más difícil. Precisamente por eso estas opciones no suelen atraerme, pero hay alguna que saca el alma individualista que hay en mí. Ya venía del PC mi adoración por el Plantas contra Zombies, al que mi madre tardó en engancharse lo que tardé en explicarle cómo se jugaba, pero no fue hasta la llegada del nuevo Tomb Raider cuando desarrollé de nuevo el hábito de jugar sola. 

Me sigue costando: cuando me apetece jugar a la consola, lo que quiero es coincidir con amigos y hacer carreras de coches en el GTA, hordas o enfrentamiento en el Gears of War, campaña en cooperativo en este último... Pero también he aprendido a sumergirme en la adictiva nueva historia de Lara y a disfrutar de la experiencia en solitario. 

Todo esto podría ser un rollo de abuelita cebolleta, pero viene justificado por dos cuestiones. La primera, mi defensa de los videojuegos en la educación y en la infancia. Personalmente creo que jugar a videojuegos durante la infancia y adolescencia es positivo para el desarrollo cognitivo y físico de las habilidades de los niños. La necesidad de coordinar vista, mano derecha y mano izquierda para conseguir los objetivos del juego ayudan al desarrollo psicomotriz de los niños, al mismo tiempo que espolean la imaginación y crean un pasatiempo positivo que entretiene, enseña y divierte a partes iguales. Esto, además, no tiene por qué ser una rémora a la hora de obtener un rendimiento académico positivo o social, y esto me lleva al segundo punto. 

La segunda cuestión a la que quería llegar, al hilo de la invitación de mi vecino a sus amiguitas de jugar al GTA, es que las consolas no son niñeras (ni la tele, ni el móvil, ni el ordenador...). Creo que los videojuegos son algo positivo durante la infancia y, de hecho, cuando tenga niños y llegue el momento adecuado, les enseñaré a jugar, pero conmigo. Ni se puede ni se debe considerar la televisión o la videoconsola un sustituto de la vigilancia y la guía paternas. Nos preocupamos por la educación que recibirán nuestros hijos en la escuela, nos rasgamos las vestiduras cuando no nos gustan las compañías de los hijos y entramos en discusiones que no podemos ganar, pero después les enchufamos a la consola o a la tele y nos da igual qué vean o a qué jueguen. 

El GTA, al que se fueron a jugar mi vecino de 11 años y su amiga, y estoy casi segura de que se llevaron como público a los pequeños, de unos 6 años, es un juego recomendado para mayores de 18 años por su alto contenido sexual y de violencia (algunas recompensas se obtienen por matar jugadores), por lo que de ningún modo tendrían que estar jugando niños de esa edad (ni algunos años mayores). Y desgraciadamente no es un caso aislado. En mi primer año de profesora de instituto, una de mis alumnas de 1º de ESO me dijo que el GTA era su juego favorito. 12 años. 

En la Barcelona Games Week, Blissy se quejaba en Twitter de que el domingo, día familiar, había numerosas familias con niños probando juegos que tenían claramente indicado que no eran aptos para menores y que, al indicárselo, les daba igual. 


Si los niños juegan al GTA con 12 años y con 12 años ven el mundo del sexo, de la droga, de la violencia, lo entenderán con su mente de 12 años, y no serán capaces de discernir qué es bueno y qué no, qué es ficción y qué no, porque no han tenido a su lado a ningún adulto que se lo enseñase. Si con 12 años los niños aprenden que, para divertirse, tienen que jugar solos, cuando tengan 15, 16, querrán seguir jugando solos y no serán capaces de entender que la videoconsola es una opción más de ocio. Y tampoco serán capaces de separar obligación y tiempo libre, y no entenderán que a veces, aunque no te apetezca, debes estudiar/trabajar/hacer deberes y no jugar a la consola. Y llegarán los lamentos y castigos y el "qué malas son las videoconsolas y la industria de los videojuegos". 

Este desinterés de los padres en la educación de los hijos es lo que, a la larga, genera problemas. Jugar a videojuegos de niños está bien, pero con supervisión. Vigilad los juegos, ojo con la edad recomendada para videojuegos (y películas, que hemos visto a niños en el cine viendo Deadpool o La fiesta de las salchichas, y no puedo pensar en nada que sea menos para niños que eso), y recordad: a un niño hay que educarlo. Sin la guía de un adulto, su referencia del mundo real se retorcerá y convertirá en algo malogrado de lo que después tendremos que lamentarnos. 

Recordad, papis: Las videoconsolas no son niñeras. 

S.

martes, 3 de octubre de 2017

#LeoAutorasOct

Hace un año descubrí una iniciativa muy interesante en la que se proponía leer únicamente autoras durante el mes de octubre como forma de visibilizar la creación (en este caso, literaria) femenina ante la abrumadora diferencia numérica de las publicaciones existentes de autores y autoras. Este año la iniciativa estrena página web (aquí), aunque podéis encontrar a todo aquel que participe en las redes sociales bajo el hashtag #LeoAutorasOct

Como el octubre pasado no tuve la oportunidad ni el tiempo suficiente para leer lo que quisiese fuera del trabajo y este año tengo la suerte de poder elegir, he decidido unirme a la iniciativa :D Quiero ser realista, así que voy a optar por priorizar a la hora de leer un par de libros escritos por mujeres (por un lado, Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que me regaló hace poquito una buena amiga; y por otro, los dos últimos libros que me quedan de la saga de novelas de Gears of war de Karen Traviss, que me traje de Irlanda hace casi dos años), y voy a recomendaros unos cuantos más que he leído en los últimos años y que me han encantado. Entre estos, he elegido cuatro autoras internacionales y una autora nacional, porque en este campo patrio tengo muchas carencias que espero solventar próximamente. De estas recomendaciones os hablaré durante el mes en el blog y, además, iré rescatando otras noticias de autoras que siempre es importante conocer. 


Además, quienes controlen del mundo de los videojuegos verán a la nueva Lara Croft ahí sujetándome los libros, y es que espero también poder pasarme la última entrega del reboot de la saga, que me está esperando desde hace tiempo. 

#LeoAutorasOct

S. 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Por qué dejé de ver Dark Matter y quiero tanto a Aristóteles

Últimamente paso mucho tiempo en el sofá, más del que me gustaría, pero el caso es que eso me permite leer mucho. Eso es bien. Y cuando no me encuentro en condiciones, me permite ver series. Eso es menos bien, pero bien. Y con Netflix instalado en mi supertele, esto significa que estoy trillando prácticamente todo lo que pillo en la aplicación. Creo que alguna se me olvida, pero he(mos) visto Santa Clarita Diet, Glitch, GLOW, Sense8 (ojalá una tercera temporada), Killjoys y Agents of Shield. Y alguna seguro que me olvido. (The Expanse está en proceso).  

Pero además de todas estas (y de alguna que otra película), empezamos dos: Helix, que abandonamos porque era una vez más un apocalipsis mediozombie demasiado predecible, y Dark Matter. Y de esta última quería hablar. Pero antes tengo que poneros un poco en antecedentes. 

Aunque bien se sabe que "aprendiz de mucho, maestro de nada", de todo conviene saber en esta viña del señor, y aquellos avezados en cine bélico, aunque sea con la práctica y el visionado, habrán adquirido ciertos conocimientos rudimentarios de tácticas de guerra que de seguro no ayudarían a mantenerlos con vida en un combate real, pero que sirven, de hecho, para encontrar pequeños defectos en las películas y series que retratan dichos conflictos. A esto, que en mi caso ha sido poco, hay que añadir dos puntos de información fundamentales. 

El primero, en mi caso, son los videojuegos. Llevo jugando desde que tengo uso de razón, aunque, durante mis años universitarios, mis estudios y mis limitaciones técnicas restringieron el juego a únicamente el League of Legends, y solo a veces. Al aprobar las oposiciones, sin embargo, compré mi primera xbox y comencé a jugar al que sería mi juego de cabecera: el Gears of War, un shooter en tercera persona donde puedes jugar en campaña u online y, lo mejor para mí, con tus amigos. Cuando llegamos a la tercera entrega, estábamos muy acostumbrados a jugar en un grupo de cuatro y conseguimos desbloquear un logro que mejoraba la experiencia de juego: el fuego amigo. Activarlo suponía que, si un amigo se cruzaba por delante de ti mientras estabas disparando, lo herías (o lo matabas). Es decir, hacía el juego mucho más interesante, divertido y realista. Dejando las vendettas personales a un lado*, dado que nuestro objetivo era divertirnos y este bonificador hacía la victoria bastante más complicada, lo usamos muy pocas veces, pero nos hizo darnos cuenta de que las balas de nuestro equipo también hacían daño y, si no te lo hacían porque habías apagado el fuego amigo, al enemigo tampoco. Y darte cuenta de eso y tener el sentido común de evitarlo te hace mejor jugador. 

El segundo punto de información, y este lo he aprendido a las bravas, es el airsoft. Primero, mi padre se aficionó; después, mi señor marido y yo nos aficionamos; después, mi hermana, mis amigos... Y aunque jugamos muy poquito (y yo ahora nada), hay ciertas normas básicas que te cuentan nada más empezar y que, si no respetas, te toca sufrir. Una de ellas es la misma que contaba de los videojuegos: el fuego amigo. Si un amigo te dispara, estás muerto. Te toca volver al respawn (punto de regeneración), si tienes vidas, o salir de la partida si no las tienes. Y parece una tontería, pero pasa. Y te dan tus compañeros. Y das a tus compañeros. Porque no estamos entrenados para eso. Y te hace darte cuenta de lo importante que es la formación militar en combate y de lo poco que sabemos el resto. 

Esto, por caminos inescrutables, me lleva a por qué dejamos de ver Dark Matter y a mi amigo Aristóteles. Dice el maestro filósofo en su Poética que una de las cosas más importantes de la literatura es que no necesariamente tiene que contar cosas verdaderas, sino verosímiles. Ojo, este es un concepto clave: la verosimilitud. Utilizaré el ejemplo de siempre. Historia 1: Pepita va caminando por el campo en su pueblo, es de noche y, de pronto, una luz muy potente desciende del cielo, baja un hombrecillo achaparrado y azul y le pone la mano en la barriga y la deja embarazada; después, la luz desaparece y nueve meses después Pepita da a luz a un bichejo al que llama Avatar. Historia 2: Pepita va caminando por el campo y se encuentra el cadáver del alcalde del pueblo, que había estado pidiendo préstamos a la mafia siciliana para pagar el concierto de Paquirrín y, al no devolverlos, había muerto como mensaje a los políticos del pueblo. Si hay que etiquetar el género de estas dos historias, la primera, seguro, la consideraríamos ficción y la segunda, no ficción. Pero imaginad por un momento que la historia 1 es real y la segunda es inventada. ¿Lo creería alguien? Negativo. Y ahí entra Aristóteles. Para que creamos algo, esto no tiene que ser real, tiene que ser verosímil, acorde a nuestras normas de mundo, y en nuestro mundo hay asesinatos y políticos corruptos, pero no alienígenas ni embarazos extraterrenales. Por eso la verosimilitud de las historias, tanto en literatura como en cine, es esencial. 

Dark Matter es una serie canadiense que parte de la siguiente premisa: seis personas se despiertan sin recuerdos en una nave espacial que navega a la deriva. Junto a ellos hay un androide que les ayuda a repararla y les envía al destino al que iban antes de que todo se apagase. Al llegar allí, se encuentran a un grupo de mineros que luchan por conservar su hogar contra una gran compañía comercial. Los mineros están esperando ayuda de un traficante, que les tendría que traer armas, y los seis compañeros se encuentran con un gran dilema, porque ellos llevan armas en la bodega de carga. ¿Ellos son la ayuda? A continuación, en la nave descubren su identidad: no son ángeles guardianes, son unos peligrosos criminales a los que dicha organización mandó allí para matar a los mineros, por eso llevan armas. Y un poco más después entran en combate. 

Lo cierto es que los personajes tienen bastante poco carisma. Las actuaciones son un poco flojillas y muy estereotipadas (actor oriental, experto en artes marciales; protagonista chica, ropa ligera y flirteo con protagonista chico; adolescente con pelo azul, geek y genio de la informática y los cables...). Y encima los capítulos son irregulares, unos demasiado lentos, otros demasiado rápidos (y vimos unos cuantos). Pero el problema vino de la verosimilitud, cuando de repente, en medio de una batalla en una nave, en medio de un intercambio de disparos, el prota malo está apuntando a los otros malos y el prota bueno SE CRUZA POR DELANTE. ¿No se ha dado cuenta? ¡FUEGO AMIGO! 

Llegado ese punto, Señor Marido y yo nos miramos y no vimos ningún capítulo más. Al escribir, al crear, la documentación es esencial. Dar un contexto, dar un mundo, dar un motivo. Pero por encima de todo, por encima de protagonistas con tentáculos en la cara o pieles escamadas o dragones que maman de una mujer calva, hay que dar verosimilitud. Pues cuando esta falta, no hay quien se crea ese producto, y si el público no conecta, el producto está perdido. 

S. 


*PD: por votación popular me veo obligada a aclarar esto: "Dejando las vendettas personales a un lado...". Es mentira. Lo primero que hice nada más activar el bonificador fue cargarme a todos mis compañeros. Pero era por su bien. Para que aprendiesen. A jugar mejor. Y eso..