lunes, 25 de enero de 2016

El aula: ¿campo de trabajo o campo de batalla?

Os comparto una reflexión que surge al hilo de un curso de formación de profesorado que debemos hacer los profesores en prácticas, concretamente tras la lectura de un artículo de Vaello Ors ("Cómo dar clase a los que no quieren", no tengo más referencia que esta). 

El aula: ¿campo de trabajo o campo de batalla?
Sara S.

Uno de los principales problemas que tiene un profesor primerizo al comenzar su viaje docente es la creación de un buen clima de aula. Cuando estaba ya pronta a comenzar en el mundo de la educación y de la docencia con adolescentes, los consejos que me dieron aquellos viajeros que a su espalda han dejado un camino muy trillado fueron casi todos en la misma línea: la primera impresión es la que cuenta, por lo que es preferible entrar como un profesor estricto, exigente y distante (es decir, ir de “malo”); con el tiempo podrás aflojar e ir relajando el ambiente, pero hacerlo a la inversa es mucho más complicado. 

Este consejo me pareció no solo útil, sino también coherente. He vivido muy de cerca la experiencia de una profesora totalmente carente de autoridad en el aula con un grupo con poca educación y poca disciplina, y desde el primer momento consideré mejorable una actitud suave y benévola con un grupo que, por numeroso y movido, exigía un mayor control del profesor hasta que los chicos aprendieran a controlarse por sí mismos. 

No obstante, si bien esa idea me convenció (con todas las dudas que yo tenía sobre mi capacidad para presentarme como un sargento), el consejo más valioso me lo entregó un día de piscina una profesora a la que nunca he conocido desde esa perspectiva profesional. Me dijo que los alumnos, por encima de muchas otras cosas, lo que más valoran es la coherencia. Por la etapa en la que se encuentran necesitan a un profesor consecuente, que se pliegue a las normas que ha dado y que no cambie de opinión de un día para otro. Que, además, sea consecuente con las recompensas y castigos, y que no ceda una, dos veces, porque entonces se creará un patrón difícil de reconducir y el alumno estará perdido. 

Con estas dos ideas por bandera y con las reflexiones que a lo largo de mi vida como estudiante primero, y como docente después, he ido generando, me planté en el aula de un tercero de la ESO del que sería tutora este año, sin darme cuenta siquiera de que la mayoría de estos chicos habían nacido más allá del “efecto 2000”. O tempora, o mores. 

Creo que muchas de las cosas que plantea Vaello Ors en su artículo LA ESE: un antídoto contra los conflictos dependen en gran medida del carácter de la persona. Por encima de profesores o alumnos, somos personas, cada uno con un carácter, con un bagaje personal y con unas circunstancias que nos diferencian del resto. Siempre tendremos algún deje, algún gusto especial por la forma de dar la clase, alguna manía que se trasluzca en nuestras maneras y que los alumnos detectarán pronto. Pero hemos de intentar superarlo. Hay que trascender a nuestras diferencias y procurar mejorarlas para que el clima en el aula sea el mejor. 

En estos casi seis meses me he dado cuenta de que aquellos dos consejos valen su peso en oro (y más). Si bien a los alumnos les gustan los profes “enrollados” y “majetes”, aprecian infinitamente más un profesor atento, que explique bien y que -¡oh, sorpresa!- sepa mantener el orden en el aula. La disciplina, ese monstruo informe que puebla las pesadillas de los pedagogos, es algo que los alumnos necesitan y que, en ocasiones, hasta llegan a pedir. 

Creo personalmente que los básicos para generar un buen clima en el aula comienzan por el respeto. Un respeto triple: de los alumnos entre ellos, de los alumnos hacia el profesor y, por encima de todo, del profesor por los alumnos. Hemos de recordar que estamos tratando con adolescentes, por lo que no podemos (¡no debemos!) enfrentarnos a ellos como iguales. Tendrán exabruptos políticamente poco correctos, preguntas inadecuadas cuya única finalidad será poner a prueba la paciencia del profesor. [Excursus ad exempla: el primer o el segundo día de clase pregunté a mis alumnos sobre su futuro laboral, el manido “¿qué quieres ser de mayor?”, y, aunque muchos no sabían, fui dando algunas claves sobre qué estudiar a los que lo tenían más o menos claro. Cambiarán de opinión, muchas veces, seguramente, pero no está de más que sepan por dónde encaminar su vida o qué escollos pueden encontrarse en el camino. Uno de estos alumnos me respondió que quería trabajar en un kebab, a lo que la reacción inmediata fue un coro de risas. Para mí, el respeto comienza por tomarse en serio todo lo que dice un alumno, porque eso les enseña a hacerse responsables de sus palabras, para bien y para mal. Así pues, le pregunté educadamente si eso era lo que quería, si su intención era trabajar ahí como cocinero o ser dueño del establecimiento, si quería crear una franquicia o si prefería abrir un restaurante propio… Con el paso del tiempo, he hablado mucho más con este alumno, que cogió confianza conmigo, entre otras cosas, creo, a raíz de que tomase en serio una bravuconada que escondía más de realidad que lo que podía dejarnos ver en esas palabras. ¿Qué habría pasado si me hubiera enfadado y mis palabras hubieran recalcado la tontería de su respuesta?]. Pero a pesar de estas actitudes de los alumnos, debemos recordar que nosotros somos los profesores y ellos los adolescentes, que el aula no es un campo de batalla y nosotros los soldados, sino que es un campo de trabajo colaborativo donde todos debemos sentirnos cómodos. 

Como es natural en un espacio donde las personas trabajan unidas, surgirán problemas de entendimiento o de convivencia, que conviene resolver para evitar males mayores, si bien la respuesta que exijan será diferente en cada caso. Vaello Ors plantea cuatro opciones de actuación ante un conflicto: evitarlo, afrontarlo, atenuarlo o disolverlo. Cada tipo de actuación tiene sus pros y sus contras, y solo la experiencia nos puede decir qué funcionará mejor en una situación u otra. Aun con eso, los básicos para el aula tienen aquí igual aplicación. Hablábamos antes de respeto, también en situaciones de conflicto. Los adolescentes están en una etapa complicada a nivel personal, educativo e incluso físico, y es un momento clave para que empiecen a formar lo que será su personalidad adulta. Deben aprender a afrontar el fracaso, a tolerar la frustración y, sobre todo, a hacerse responsables de sus errores. El respeto a la hora de expresarse e incluso a la hora de emitir una crítica es algo esencial, al igual que debe serlo el compromiso. Un compromiso adquirido entre profesor y alumno desde el primer día, del que el alumno sea consciente y que rija su comportamiento para el futuro. Después de todos estos meses de haber trabajado esta responsabilidad con mis chicos, prácticamente nadie ha culpado a otros de los suspensos, de las faltas, de los partes (que son extremadamente escasos). Quiero pensar que, además, hemos ido poco a poco mejorando y que esto seguirá hacia el futuro. 

Estos chicos me han enseñado muchas cosas. Cosas sobre ellos, sobre la adolescencia, sobre la importancia de recordar que, por encima de estudiantes, son personas, con sueños, con esperanzas, y con problemas que pocas veces podemos imaginar. Pero también cosas sobre mí, sobre cómo ser mejor docente y mejor persona. Afrontar un problema, evitarlo, derivarlo a un momento futuro o incluso ignorarlo son conductas que aprendemos en nuestra vida diaria y que después aplicamos en el aula, pero para hacerlo hemos primero de concienciarnos de que estamos tratando con personas, y no con el enemigo, y que les debemos un respeto que muchas veces se les ha negado. Y siempre, siempre, con ese compromiso adquirido que convertirá nuestra clase en un ambiente cómodo de aprendizaje y asueto en lugar de en un erial sangriento de suspensos y autoestimas destruidas.


Como siempre,
S.

domingo, 24 de enero de 2016

El tiempo, ese amante esquivo

Cuando estaba en la universidad, hube de dejar muchas actividades que, por gusto, habrían estado entre mis favoritas para ocupar mi descanso, pero tenía tanto que hacer que escogí dedicarme a mis labores. Responsabilidad sobre asueto. Cuando termine la universidad, ya haré lo que quiera, pensaba. 

Cuando acabé la universidad, llegó el momento de los másteres, del doctorado y de la tesis, y mi escaso tiempo libre se me escapó entre los dedos como la arena de un reloj roto. No pasa nada, pensé, esto supondrá un cambio en mi vida, me gusta dedicarme a ello y me asegurará un buen futuro. Cuando termine la tesis, voy a vivir como no he vivido, pensé. 

Llegó entonces el último año de trabajo y, dadas las terribles circunstancias de nuestra economía, tuve que cambiar de línea de estudio e investigación y prepararme unas oposiciones que nada tenían que ver con la formación en la que yo me había desarrollado durante casi diez años. Ese curso, el primero en que, además, me había independizado, vi mi vida social reducida casi a cero para preparar unas oposiciones exigentes, duras y complicadas, que no me aseguraban un futuro, pero a las que debía dedicar todo mi esfuerzo y mi tiempo. Cuando sea profesora (y funcionaria), ya tendré tiempo de leer, de ver películas, de ir al gimnasio. 

Acabó el año, acabó mi formación (aun sin terminar la tesis), y acabó mi salud (pues todo tiene un precio), pero el resultado fue un trabajo de por vida en un campo que me apasiona y en una disciplina que, sin ser aquella con la que siempre había soñado, me llena y me satisface. Pensé que había llegado el momento de leer, de disfrutar, y pasé un agosto de asueto donde las páginas volaron ante mis ojos, donde mi cuerpo intentó convertirse en un sano recipiente para mi mens sana, donde recordé todos esos tópicos de los profesores vagos, que tantas vacaciones tienen, cuya jornada laboral es de 8 a 14 ¡y sin dar todas las horas!, y pensé que, quizá, alguna de esas ventajas podría aplicarse a mí. 

Hoy apenas leo, de escribir ni hablamos, ni mi cuerpo ni mi mens están todo lo sanos que deberían, y el tiempo sigue siendo un esquivo amante que se niega a envolverme en sus brazos. Pero ya no hay futuro que esperar, ni cambios que desear. Mindfulness, me dicen. Tiempo, me digo yo, y salud. Porque cuando el tiempo me ofrece un efímero respiro, mi salud se niega a colaborar y me veo débil, como con un mal de siècle que no se acaba y que no consigo controlar. 

Quousque tandem, me pregunto. Te misere, me mira Cronos. Y en la absurda contradicción que es ver al titán hablándome en la lengua de Tiberio, cierro los ojos y me vuelvo a mis tareas. 

Algún día. 

S.

lunes, 14 de diciembre de 2015

José Carlos Somoza, un autor camaleónico

Me encanta descubrir nuevos autores. 

Perdonen, empecemos por el principio. Me encanta leer. Por desgracia, apenas tengo tiempo para hacerlo. Al menos no con el ritmo y en la cantidad que yo desearía, ni tampoco los géneros que son mis predilectos. Aunque, en realidad, lo que lea es lo de menos. El caso es leer, y eso me falta. 

Por eso, en cuanto atisbo un resquicio de *ocio*, ese gran desconocido, me agarro al libro que tengo en la mesilla y desaparezco. Sin hambre, sin sueño, sin cansancio. Alguna vez recientemente, para mi desgracia, me ha vencido el sueño, pero más por el exceso de negotium que por falta de calidad literaria. 

Pero me disperso. También me gusta escribir y tampoco tengo tiempo. El caso es que en el último mes, además de alguna que otra cosilla para mis pequeños padawans, he tenido la suerte de poder leer dos novelas que me han descubierto a un nuevo autor a quien, además, da gusto hablar. Coincidimos en la CylCon (Convención de Castilla y León de literatura fantástica, terror, ciencia ficción, etc.), que se celebró en Valladolid el fin de semana del 7 de noviembre, y nos trajimos para casa su última y más reciente publicación, Croatoan, y una novela que voy a regalar a uno de mis más mejores amigos y a la que nos enganchamos hace meses, cuando se publicó: La cuarta señal. 

Somoza es un autor polifacético y camaleónico. Demuestra su grandeza y su cultura en pequeñas dosis, en comentarios casi futiles que muestran su rostro como un destello fugaz en la noche y que se esconden después en tramas complejas y cuidadosamente elaboradas que convierten estas novelas en algo peligrosamente verosímil. Y es que si algún rasgo he encontrado en común entre las dos obras es esa credibilidad que debo otorgar a sus tramas. La capacidad del autor para generar un universo plausible, aun teniendo presente que su marco espacio-temporal y narrativo dista mucho de nuestra situación actual (si bien podría perfectamente darse). 

En el fondo, lo que esa capacidad esconde es una constante literaria y cultural que nadie puede negar: en realidad, no escribimos historias, sino que hablamos del hombre. De una humanidad de la que todos formamos parte y que habita en nuestro interior, en nuestra mente. Los libros somos nosotros. Y sospecho que la creación de un autor como Somoza, que en su currículum oculta conocimientos profundos de la psique humana, es deudora de dicha formación y a ella en gran medida se deben esas plausibles consecuencias. 

Distintas, sorprendentes, dos novelas que comparten autor y ese miedo a lo posible. Y un cambio. Interno y externo. Porque nunca puedes quedarte igual. La historia es, al mismo tiempo, lineal y cíclica, y el final es uno y muchos y ninguno. Pero, sin duda, algunos son, por creíbles, más terroríficos que otros. 

Croatoan es uno. La cuarta señal, otro. Quizá no sean más que una pantalla de humo con volutas de ficción. O tal vez no. Leed y descubridlo. 

S. 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Trabajando

Trabajando

Cruje el asfalto bajo mis zapatos
Rotos, los semáforos son luces
Que apagan mi sombra y el sonido
Del silencio agota mis oídos.
No recuerdo el vago y ausente
Nombre nacido de un suspiro
Que ocupó mi mente,
Mi vacío, la noche.
Aletean alocadas las airadas alas
De una paloma de la paz
Ensangrentada y harta de luchar.
Sufren y lloran y callan y matan
Y vuelan lejos, lejos de mí.
Vomito versos vacíos de rima,
Bacante infame privada de dios,
Ni salta ni danza ni baila
Ni camina sobre cristales ya,
Ni Casandra ni Clío ni Erato,

Silencio en el corazón. 

S.

martes, 3 de noviembre de 2015

La peli de la semana: Hotel Transylvania 2. Una peli para ¿niños?

Antes de que se me empiecen a acumular las películas y mi escasa fuerza de voluntad se vea sobrepasada por el trabajo (que en un ratín nos volvemos a ir al cine), me gustaría contaros mi opinión de la peli de la semana pasada. La del cine, Hotel Transylvania 2, que en casa vimos Hellboy (las dos, también), pero esa me la reservo. 

En su día, hace tiempo, vi la primera parte de la saga y me gustó, pero me pareció quizás un poco sencillota. Además, tengo un poco de trauma con las películas en las que cantan, así que se me quedó un poco en el limbo. No obstante, me pareció una película infantil bastante entretenida, y andando el tiempo la revisité con mi chico hace no mucho. 

Esa vez también nos gustó, y nos hizo especial gracia el trailer cinematográfico de la segunda parte, con ese "voooooolará" que, por desgracia, han modificado en la versión definitiva. 


La semana pasada, aun a riesgo de encontrarnos una avalancha de infantes en las salas del cine (que no vivimos), nos dimos el salto a verla, y no nos defraudó. A pesar de las canciones, que no eran demasiadas, la película estuvo entretenida, graciosa y se hizo ligera, tres buenas cualidades que debe tener una película cuyo fin sea entretener a las generaciones más jóvenes. 

Sin embargo, me sucede como con las últimas películas de Pixar, o de Dreamworks. Pienso, especialmente, en Shrek. No cabe duda de que el público mayoritario al que van dirigidas son los niños, pero, aun así, hay muchos elementos de la trama que dudo mucho que comprendan. Todo eso me lleva a plantearme si realmente ese público target son los niños, o más bien los padres que los acompañan. 

Conflictos como la herencia, la perduración del apellido, de la familia y de la sangre, la educación de los hijos (y de los nietos), el vivir lejos, la separación de unos abuelos (o de los otros)... Son cuestiones y problemáticas que atañen a un rango de edad mucho mayor que el de esos niños, y con mucho a una etapa vital diferente. Lo cual me lleva también a pensar que quizá el problema sea el ojo del que mira. Que ya no soy una niña, vamos. Aunque eso tampoco es nada nuevo. 

En cualquier caso, me encantaría poder comentar la película con algún niño, o con algún adolescente, y ver cuál es su opinión y su juicio de este Hotel Transylvania 2, que para mí, además de divertida y entrañable, presenta una profunda reflexión sobre la paternidad, que no me ha sido nada gratuita. 

La próxima, Vin Diesel cazando brujas <3

S. 

jueves, 22 de octubre de 2015

La peli de la semana: Marte (The Martian)

Este fin de semana, recién estrenadita, hemos ido al cine a ver Marte (The Martian), la adaptación cinematográfica de la novela de Andy Weir titulada El marciano. En los últimos meses estoy incumpliendo una de mis fundamentales premisas culturales: no ver una película basada en un libro antes de leerlo, pero es que (todavía) me resulta difícil sacar tiempo para el ocio. Ahora, de hecho, se lo estoy robando a Dante y a Petrarca. Espero que no me manden a un infierno demasiado feo. 

Como el cine es uno de nuestros pocos vicios, y además nos gusta disfrutarlo por todo lo alto, hemos optado por la versión ATMOS en sala vip y con sonido envolvente y un montón de prestaciones técnicas más que convierten la experiencia en algo altamente recomendable a nivel visual y auditivo, si bien es cierto que esta vez no me di ni cuenta. 

No voy a reseñaros la película, para eso os remito a la opinión que Sergi Viciana vierte en Fantífica y que podéis leer aquí. Ya hace mucho que no reseño libros, y nunca me he visto capacitada para reseñar cine, porque del séptimo arte lo desconozco prácticamente todo. Me apetecía, no obstante, compartir mi opinión sobre la película, mis sensaciones y, en definitiva, mi juicio. 

Vaya por delante que al cine voy a entretenerme. Hay películas que son mero entretenimiento (aunque después puedan sorprendernos con un trasfondo más profundo, o no) y otras que están concebidas como un producto de la meditación, la autorreflexión o la crítica.

De esta película no me he llevado el recuerdo extasiado que aún conservo de Interstellar, aunque los detalles se hayan ya diluido, pero sí la sensación agobiante de pasar todo su metraje en tensión. La mezcla de elementos trágicos y de tensión narrativa con momentos cómicos creo que encaja bien; pienso, de hecho, que esos incisos cómicos del personaje protagonista no son tan gratuitos como aparentan: más que hacernos reír y diluir la tensión, emplean un tono cómico para subrayar la crudeza de su situación y remarcar lo amargo de toda la cinta.

Me ha gustado. Me ha gustado mucho. Mención especial, por supuesto, al momento 'Concilio de Elrond'. Adoro la intertextualidad. Y confieso que la emoción que me llevé del cine fue la angustia. La angustia vital y el miedo por el desenlace de una película que me mantuvo pegada a la butaca desde el comienzo hasta el final. Quizá soy demasiado impresionable, puede ser. Pero soy una niña de Disney, así que las quejas a él.

La próxima, "Voooolará". :)

S.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Curso 14/15: mi calendario de oposición.

Hola de nuevo a los opositores.

Ya estamos en septiembre, nuevo curso escolar. Siempre he mantenido, y mis biorritmos me lo confirman, que mi calendario vital se rige por la vida escolar. Desde que era pequeña he estado vinculada al mundo de la escuela, primero como alumna, después como becaria y doctoranda, y por último como profesora. Por eso, mi  “año nuevo, vida nueva” empieza el 1 de septiembre. Eso significa que, de cara a las oposiciones, es también el momento de empezar.

La clave del éxito, como en todo en la vida, es la organización. Conviene saber siempre muy bien qué se está haciendo, por qué y, sobre todo, cómo se va a hacer. Eso significa que, para lograr eficacia y un rendimiento positivo, este es el momento de organizar y planificar el curso que viene para que, cuando llegue junio, no tengamos que lamentar habernos organizado malamente.

Lo primero que hay que recordar son algunas cuestiones clave y, por otro lado, si lo pensáis, bastante evidentes. Por norma general, a la hora de estudiar hay varios pasos a seguir: lectura, comprensión, subrayado, esquema y, por último, memorización. Este último paso, la memorización, no implica el aprendizaje de memoria y como un loro sin entender. Siempre tenemos que saber qué estamos estudiando, y debemos ser capaces de explicarlo con nuestras propias palabras, pero es cierto –y lo he visto en varios blogs de preparación de oposiciones, y lo he experimentado en mis propias carnes- que cuando se llega al examen no se tiene tiempo de ponerse a pensar y plantearse cómo se va a redactar el tema, sino que se debe tener todo tan interiorizado que casi salga solo. Por eso, en parte, creo que sí hay que memorizar. No sé si memorizar hasta el punto de saberse de memoria puntos y comas, pero tal vez sí saber muy claramente qué se va a decir y en qué orden y, después, “improvisar”. Y lo escribo bien entre comillas, porque no será una improvisación ex nihilo, sino sobre un intenso trabajo previo.

En cualquier caso, la fase de memorización no puede (o no debe) hacerse lo primero. Para cuando lleguen junio y el examen, la información que quedará en la mente será escasa y poco fundamentada. Os voy a contar cuál fue mi organización, por si os sirve de orientación o guía, aunque después seáis vosotros quienes establezcáis vuestro propio plan de trabajo. Para ello hay que conocerse muy bien; yo sé que estudio mejor bajo presión, sé que quería tener el último mes íntegramente libre para estudiar, con todo lo demás cerrado y terminado, así que así me organicé:

1. Antes de Navidad: lectura de temas. Comencé por el tema 1 para sentar una base amplia, y me leí y subrayé todos los temas hasta el 14 (yo a estas alturas compatibilizaba con trabajo, tesis y casa, supongo que como muchos de vosotros, que tengáis también vuestras labores). De estos temas, fui seleccionando los que más me convencían, los que más fáciles me parecían y los que creía que sería capaz de defender con mayor soltura en un examen. Esos los resumí y los dejé preparados para la fase final. Yo, en este nivel, subrayo sobre el tema, pero después resumo a mano, porque me ayuda a quedarme con información. Para cuando llegué al 14, los temas de sintaxis me parecieron más complejos sin tener una base teórica bibliográfica previa (yo soy de Clásicas, y he estudiado la carrera de Teoría de la literatura, pero no Hispánicas, así que la sintaxis latina, de lo que daba clases, bien, pero la española…), por lo que opté por dar un salto temático y seguir preparando temas, pero esta vez ya a mi elección.

2. Post Navidad: el salto me llevó a los temas de géneros literarios. He hablado ya enotra entrada sobre cuántos temas y cuáles me estudié. Elegid siempre los que mejor se os den. Pensad previamente dos cosas: si hay alguno que os sabéis super bien, dejadlo para el final. Imaginad que sois expertas en El Quijote. Para ese tema lo único que os va a hacer falta será un repaso general y un esquema orientado al examen (de cómo hacer un examen para oposición, con un nivel adecuado, hablaremos más adelante). Por eso es preferible dejarlo para el final. No os va a quitar tiempo de estudio, y sí os servirá para trabajar en algo diferente en momentos de repaso. Yo me dediqué a los temas de géneros y los trabajé como los anteriores. Después opté por saltar a los del texto como unidad comunicativa y sus rasgos y a las tipologías textuales, que podría aprovechar para el comentario de texto. En este momento, además, empecé a leer obras de literatura (aunque no estudié temas hasta final de curso), empezando por la edad media: Sendebar, Libro de Apolonio, Libro de Alexandre, Berceo, etc. Leer obras, junto con sus introducciones críticas, te da una base de datos básica (la información con la que te quedas de esa lectura) y, lo que es más importante, una opinión de primera mano de la obra. Yo ahora podría hablar del Sendebar aun sin haber estudiado teoría sobre él, sobre los temas, estructuras y opinión, por habérmelo leído. No puedo citar a ningún autor más que a la editora y redactora de la introducción (y no es poco), pero sí hablar con pasión del episodio del marido, la esposa y el loro, que me pareció fantástico. Leed, no busquéis opiniones de autores sobre obras, id a las obras.

3. Semana Santa: llegado este punto, ya habían salido las convocatorias de oposición y sabíamos en qué iba a consistir el examen y la fase práctica. No teníamos los criterios de evaluación (que salieron en junio), pero sí los requisitos técnicos que debían cumplir la Programación Didáctica y las Unidades. Por eso, para dejarlo hecho, me puse con la Programación. Según había ido estudiando, ya me había planteado cómo quería que fuese mi Programación. La clave es la organización de los contenidos y las unidades, con los criterios de evaluación y la metodología. Todo eso lo tenía más o menos esbozado mentalmente, así que me puse una semana de curro intensivo en vacaciones y lo dejé todo casi terminado. Me faltaron un par de detallitos, que ultimé en las semanas siguientes, pero en abril yo ya tenía la programación cerrada y un montón de temas resumidos.

4. Post Semana Santa: después, ya en fechas cercanas al examen, pasé los temas que tenía a mano a ordenador, a modo de repaso, y me puse a estudiar. Con la PD cerrada, solo me quedaba estudiar los temas que ya tenía (unos 20) y, cuando los fui terminando, ampliar. Elegí los temas de literatura y fui añadiendo contenidos a lo que ya había estudiado. Todos los días repasaba los temas anteriores, cada día uno o dos, los decía en voz alta y me estudiaba otro más. Iba a tema por tarde o mañana, así que acabé bastante pronto y pude ampliar con unos cuantos temas más (y menos mal, porque todos los temas que salieron del bingo eran de los que no había estudiado a priori, salvo dos, que fueron de los últimos que añadí y que salieron seguidos: 44 y 45).

En junio repasé la programación, ultimé algunos detalles pequeños y lo dejé todo preparado. Me dediqué a repasar, a estudiar y a leer temas nuevos. Me fui leyendo los temas de literatura para tener una idea general y preparé esquemas, por si acaso. Ya ni resumía ni estudiaba, solamente leía y relacionaba. Tenía una base muy amplia que ir completando, y eso era enriquecedor y me mantenía activa.

Ya en la oposición, tuvimos el tema por la mañana y, entre tema y práctico, descansé, comí y me relajé, pero también me leí las características de las corrientes del siglo XX y algunas de siglos anteriores (en mis lecturas de junio de los temas había llegado hasta el Romanticismo), siempre de cara al comentario, que ya no es lo mismo que un examen teórico. Y nos tocó Góngora.
Clave: no toqué las unidades didácticas hasta pasada la lectura. Ahora bien, sabía cómo las iba a organizar y preparar, al menos el esquema teórico (Introducción, contextualización, contenidos, etc.), y lo gordo lo había hecho ya en la programación, así que no me preocupaban demasiado. Además, hecha una, hechas todas, como veréis en cuanto os las mande. Pero tan pronto pasó el examen, como había salido bastante contenta, me puse a redactar la parte ‘técnica’ de las unidades. La nota tardó en salir, pero desde que salió hasta que nos convocaron para la defensa, que fueron como cuatro días, centré todo mi esfuerzo en terminar esa parte técnica y en preparar el material. No solo llevé preparadas las unidades en su estructura, sino que además, como me daba tiempo, busqué todos los materiales (de todas, menos de dos. Salen tres unidades a elegir una para defender, así que podía dejar dos sin hacer, y no me dio tiempo a más). Quería que, al decir: “Haremos un ejercicio de práctica ortográfica”, el tribunal pudiera ver físicamente ese ejercicio, así que preparé un ejemplo de todo lo que fuese a contar. Fue un esfuerzo ímprobo, pero a ellos les encantó. La temática les había gustado, pero ver el material directamente es muy enriquecedor, la verdad sea dicha. A eso hay que añadir un guión de defensa (que también os mandaré) de la programación que redacté previamente.

Cuando llegué a la encerrona, la dividí en dos: la primera media hora la dediqué a la programación: repasar mi guión, que ya me sabía (por ir en orden, ya os hablaré de ello), y preparar el material que les iba a enseñar en orden (para nada, porque en la programación no se da material, solo en la unidad; pero lo aproveché después); la segunda media hora la dediqué a la unidad que había elegido: preparé un esquema análogo al de la programación y ordené todos los materiales, tanto los de la unidad como los de otras unidades que estuviesen relacionados. Y después me tocó defender.

El resto ya es historia. La defensa fue genial, la nota fue genial y luego todo vino rodado. Me habría gustado poder lucirme más en la primera parte, pero estuve al final la 38 en la lista final de plazas, así que estoy muy contenta con los resultados. Creo que la organización es una parte fundamental del éxito, clave para no perderse en detalles y para que no se nos escapen los meses. Si necesitáis ayuda para vuestro planning, no dudéis en escribirme. Y si queréis material, lo mismo. Tenéis mi email en el apartado de contacto y para eso estamos.

Ánimo en el curso que llega y suerte en el proceso J


S.